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40 hablaban de él, solían decir: Valiente tio vinagre. Todos lo decían menos Pedro, que siempre eludía la conversación, impulsado por el más vivo agradecimiento. Un día el furriel, por si Pedro habla barrido ó no había barrido, lo cierto es que, por no perder la costumbre, le plantó en la cara los cinco mandamientos. ¡Qué más quiso saber el sargento! ¡Qué chillería, qué voces, qué de puñetazos en la mesa! ¡aquello era una tempestad! Dijo que si la Ordenanza que le iba á quitar los galones, que iba á hacer y á acontecer Nunca se le había ocurrido otro tanto; con razón decían los camaradas de Pedro: El que tiene padrinos se bautiza. Y se pasaba el tiempo de jornada en jornada, de fa: tiga en fatiga, de pueblo en pueblo, j vamos tirando hasta que Dios quiera como declan ellos. Pedro echaba sus párrafos con el sargento; ya no le asustaba su ceño, ni sus bigotes, ni sus miradas; en cambió le respetaba más que nadie. Una tarde le decía: -Mire usted, mi sargento, el otro día me alegré mucho cuando nuestro batallón fué e primerico que hizo fuego; ¡bah! que yo no valgo pa estame sin hacer ná en oyendo tiros; quisiá ser siempre el primerico. ¿Y si te matan? -le replicó Pérez. -Toma, muero por mi patria. Frunció el ceño el sargento, y malhumorado le contestó: ¡No seas bruto, la patria es tu madre! Desconcertado y confuso el recluta, aun se atrevió á responder: -Pues yo le he oído á usted decir- -Mira, mira- -le interrumpió, -tú no entiendes una palabra de todo esto; lárgate y dile al cabo Mochales que venga. La guerra continuaba; continuaba el azote y las madres seguían llorando. A la caída de la tarde llegó el regimiento á Varradas. Después de haber alojado á su compañía, paseaba el sargento Pérez por las afueras del pueblo esperando el toque de retreta. Un buen rato después de haber oído el ¿quién vive? de un centinela avanzado, apareció por el recodo del camino un hombre que conduela del ramal á una muía cargada. Era uno de esos vendedores ambulantes que van de pueblo en pueblo traficando en especie. Cuando llegó donde estaba Pérez, después de saludarle, le dijo: -Señor sargento, yo soy liberal- -Bueno, ¿y qué? -le interrumpió bruscamente, -Pues que si no son ustedes muchos, están perdidos. Vengo de Marmota, á tres leguas de aquí, y hay muchos carlistas, ¡muchos! Cuando salí de la posada oí que imo decía: -Nos marchamos mañana temprano á Varradas. ¿Todos? -preguntó una vieja. -La brigada entera y verdadera- -contestó el carlista. Después de dar las gracias á aquel buen hombre, y de encargarle mucho que no hablara del particular hasta que él le llamara, salió de la taberna el sargento, abismado en sus profundas meditaciones. Una brigada, pensaba; ¡unabrigada entera que se echa encima de un regimiento! ¡Y qué regimiento! Que me quiten todas mis cruces si quedamos arriba de seiscientos hombres Contárselo al coronel era echar á perder el negocio; no se avendría de ningún modo. Era un bravo; pero un bravo testarudo, que no había quien le sacara de su eterno ¡adelante! Retroceder era para él una palabra sin sentido tratándose de operaciones de guerra. No abandonaría el pueblo si supiera que se Je venia encima todo el ejército carlista. No había que contar con el coronel A la mañana siguiente, ¡cosa increíble! el sargento Pérez no parecía por ninguna parte; lo había mandado á llamar el capitán y se le buscaba por todo el pueblo. Al cabo dedos horas de incesantes pesquisas tuvieron que darse por vencidos. El capitán estaba desesperado, y desechaba de su imaginación toda sospecha, porque el sargento Pérez era incapaz de cometer una bajeza. Pero la evidencia se impuso, y el sargento, el bravo, el pundonoroso, el ordenancista sargento Pérez fué declarado desertor. Habla desertado, en efecto. Cuando se presentó en las filas enemigas ponderando el número de las tropas que acababa de abandonar, el jefe carlista aplazó la marcha para dar tiempo á que el enemigo desalojara el pueblo vecino. El regimiento saldría de Varradas á la hora marcada, evitándose el choque, que le hubiera perdido. Estaba salvado. Al día siguiente se descubrió aquella mentira sublime, y el sargento Pérez fué condenado á muerte. Una hora después lo fusilaban en la plaza del pueblo. Pedro ya es un viejo que á todas horas habla de su sargento, haciendo esfuerzos inauditos para contener las lágrimas. Cuando al acabar la misa el cura baja del presbiterio para rezar un responso por los difuntos, el tío Pedro prepara su moneda, y cuando el párroco llega á su lado, dice echándola en e, bonete: Por el alma del sargento Pérez. RICARDO VINUESA.