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EL SARGENTO PÉREZ Llegó el día tan temido por la tía Carmela. No hubo remedio; su Pedro cayó soldado, y fueron inútiles todas sus lágrimas. Pasó una semana, luego otra y otra despue s. Una mañana muy temprano desembocaban por el camino de los majuelos diez soldados, un cabo y un sargento. No exento de temor al mirar el erizado mostacho y las fruncidas cejas del último, un muchachuelo los condujo ácasa del alcalde, que, como eia madrugador, se encontraba en el corral aparejando la borrica. El sargento tomó la palabra: vr S sáEf 5 S 5 ¿Conque es usted el alcalde? Pues vengo por los quintos, ¿estamos? y como no estén á las ocho en punto en el Ayuntamiento, va á haber la de Dios es Cristo, ¿estamos? Conque denos usted las boletas para marcharnos á casa de la patrona. A las siete y media ya estaban los quintos en el portal del Ayuntamiento. Dos ó tres, mustios y cabizbajos, guardaban silencio; los restantes hablaban en un grupo: todos estaban tristes. A las ocho llegaron el sargento y su gente, puntuales como la misma Ordenanza. ¡Yámos, vamos! -vociferó, -nada de grupos; alinearse, que eso lo sabe cualquiera. Se quedaron los mozos atolondrados, mudos, irresolutos, y el que más, dijo in pectore: Mal principio. Después que los colocó en una fila y pasó lista, los formó de á dos y marchó con ellos adelante por el camino de los majuelos. Había que pasar por casa de Pedro, y su madre le esperaba en la puerta. Al llegar el pelotón se arrojó al cuello de su hijo; y como la mirara Pérez, le dijo con los ojos arrasados en lágrimas: ¡Señor, dispense usted; deje que abrace, acaso por última vez, al hijo de mis entrañas! Algo extraño pasó por la fisonomía del sargento, y dos lágrimas, furtivas, rebeldes, indisciplinadas, nacieron de sus ojos negros para ir á morir entre los pliegues de su amplia manga, El pelotón había avanzado unos cuantos pasos, y sólo Pedro y su madre pudieron notar la emoción del veterano. Y pasó el tiempo, y los carlistas erre que erre, y los pobres guiris anda que anda por esos mundos dé Dios, sin poder volver á sus hogares. Ya se murmuraba por el pueblo que el hijo del tío Fanegas estaba en el hospital con un brazo roto por. un balazo mayúsculo, y que el sacristán se había pasado á la facción, y qué sé yo cuántas cosas más, la mayor parte sin visos de verdad y desfiguradas todas. Pedro estaba casi contento: Pérez tan cejijunto y tan malhumorado como siempre. Cuando los soldados