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mentó durante la noche, mucho más teniendo en cuenta que el comandante se acomodó en una butaca y se durmió como un cesto de los más dormilones, mientras la doméstica, acurrucada debajo de un armario, hacía lo propio, soñando sin duda con el último sargento que la zarandeó en la Fuente de la Teja. Ante semejante situación, dijepara mi capote: Dejemos dormir al enfermo y descansemos lo que sea posible. ¿Quién va á averiguar si he cumplido ó no el programa al pie de la letra? Pero desgraciadamente los estrepitosos ronquidos del comandante y los maullidos del impaciente gato despertaban á D. Anastasio en cuanto pretendía conciliar el sueño. El descanso, pues, era imposible. Acabáronse algunos medicamentos, y tuve que llamar ala criada para que fuese á la botica; mas la muchacha se negó á salir sola á tan altas horas de la noche, y yo no supe qué hacer, si avisar al 14. tercio de la Guardia civil para que la acompañase, ó dirigirme en persona á la más próxima farmacia en busca de los potingues necesarios. Hube de optar por esto, en vista de las diñcultades que ofrecía lo otro, y salí á la calle, á pesar del intenso frío que hacía, no sin despertar primero al comandante para que durante mi ausencia cuidara del enfermo; resoliTción que me costó cara, pues el carabinero estaba soñando á la sazón con no sé qué aventuras agradables, y al ver turbados sus dulces sueños, no pudo reprimir el impulso de pegarme dos patadas en el hipocondrio. Le di las más expresivas gracias y salí precipitadamente. Al cuarto de hora regresaba cargado de frascos, cajas y paquetes, á cambio de tres duros que dejé al boticario y que no recuperaré jamás. Cuando entré en la habitación del enfermo roncaba el comandante lo mismo que un bombardino acatarrado, lanzaba la doncella unos suspiros tan hondos que partían los baldosines, y el señor de Cuadradillo se deshacía en denuestos horribles contra mí por no haber evitado que el gato se le subiera á la cama en alas de su desesperación. En efecto, el minino estaba dando vueltas como un peón sobre la cabeza del enfermo, y sólo á fuerza de reflexiones amistosas logré separarle de la cama. A eso del amanecer me llamó D. Anastasio prorrumpiendo en lastimeras voces, y yo, creyéndole victima de algún accidente imprevisto, corrí presuroso á socorrerle, dispuesto á avisar á la Unción en seguida. ¿Qué quiere usted, D. Anastasio? -le pregunté asustado. ¡Qué he de querer, desdichado de mil- -exclamó el enfermo, arrojándome una cataplasma. ¡Que ahora me acuerdo de que en el expediente de los bomberos de Puerto Rico no citó usted la Real orden de 18 de Octubre de 1860! Por Dios, D. Anastasio! -contesté yo. -Déjes usted de Reales órdenes y agáchese usted, que le voy á plantar veinticuatro sanguijuelas en el revéfeo. Al raido de las voces se despertaron el comandante, la criada, la señora y un lorito, que empezó á pedir chocolate y á insultarme de iin modo escandaloso, hasta el punto de que su dueña tuvo que ponerse á rascarle el piojito, mientras el pobrft: enfermo solicitaba angustiosamente un reparo en el estómago. El comandante, medio domíüdo, fué á dar al paciente agua de vegeto; pero yo, que estaba á los quites, agarré una botella de Jerez y se la presenté, considerándola como el mejor de los especíñcos conocidos. Pero ¡ay de mí triste! no era aquello lo que D. Anastasio deseaba, sino una tortilla dé escabeche, siendo lo peor del caso que me arrebató la botella con la fuerza del delirio y me la estampó en la cabeza.