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30 -T jquién ha armado este lio? -pregunta una criada al tablajero. -La glosopeda. ¡Valiente brutal Siempre será algana bailarina que trae revueltos á los ganaderos. -No, bija; no es ninguna persona: es una enfermedad. -Vaya, pues ¡que se alivie el que sea! Y el conflicto seguía horroroso é imposible de deshacer. El Municipio quería que la vaca en venta estuviera buena y sana. Y es claro: ¿cómo ha de estar bueno y sano un animal muerto violentamente y descuartizado después? Los ganaderos querían dar al vecindario reses con glosopeda. Pero á ello se oponían las Ordenanzas municipales y el precepto moral que nos manda huir do los peligros de la carne. Y á todo esto, la autoridad, que se apresura á darnos instrucciones cuando se trata de distinguir los billetes de Banco buenos de los apócrifos (como si todos tuviéramos el bolsillo lleno de billetes que confrontar) no nos ha dicho cuáles son las señales exteriores de la carne con glosopeda, y nos obliga á mandar que la criada se dé una vuelta por casa del veterinario antes de traer la cesta de la compra. ¿Qué será la glosopeda? ¿algún micro- organismo? Dadas las modernas teorías, segdn las cuales toda enfermedad supone una infección, y toda infección supone un microbio, nada tendría de particular que apareciera aquí el consabido gusano, ese gusano maldito que, no contento con devorarnos en la tumba, nos persigue en la comida, en la bebida y en los articules de arder. Si eso fuera la enfermedad, el remedio era fácil, después de todo. K o había más que matar al gusanillo. Loa pecados de la tablajería serían lavados en la taberna. Pero, jquién sabe en qué consiste la glosopeda? Á veces daría uno cualquier cosa por haber estudiado Veterinaria. Hay que hacer el análisis de la carne, ante el temor de los mataderos clandestinos. Y una vez anahzados la enfermedad y sus efectos, ¿quién sabe si sé despejarán incógnitas hasta la fecha indescifrables? Porque ahí están las visceras del barón Eeinaoh delante de una porción de químicos que no saben á qué veneno quedarse- Y es hora de preguntar: ¿Estuvo el Barón en Barcelona? ¿Comió por casualidad carne de vaca? ¿Se han hallado en el estómago microbios sospechosos? Porque todo podría suceder. Aunque también es cierto que en el asunto Panamá los estómagos franceses no se asustan por tan poca cosa. El Gobierno se ve y se desea para arreglar el encasillado oficial de las pTÓxima i elecciones de di putados Hay diez ó doce pretendientes para cada distrito, y, según parecí, los trabajos de selección se encaminan á elegir los más delgados, con objeto de que quepan un par ó dos en cada casilla. Si no se busca este ú otro medio parecido, la guerra civil entre los candidatos adictos será más cruel que la lucha de rigor entre los ministeriales y los oposicionistas. -Yo soy el candidato del Gobierno- -dirá uno presentándose al alcalde. ¿Si? Pues esta maiíana ha venido ya otro. -Es un embaucador. Yo soy el que traigo el apoyo ministerial. ¿De veras? Mire usted que el otro me ha enseñado la bandera del partido. ¿La bandera? Yo traigo el asta. -Corriente. Embólese usted y hablaremos. Y el alcalde se queda sumido en un mar de confusiones. ¿Tendré que hacer con el distrito el juicio de Salomón- -dice, -ó llevaré á los dos delante del juez para que celebren un acto conciliatorio? Después de mucho reflexionar, acuerda el alcalde sonar á los dos candidatos sobre el mármol de la mesa del café para averiguar cuál es el legitimo. Y suele suceder que el uno es falso y el otro tiene hoja. LUIS KOYO VILLAKOVA.