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%I O OfíO A selva, que vista desde la ladera del monte pocos días antes parecía un Océano de verdura, semejaba un mar de oro. E l ramaje de los álamos blancos se había vestido de amarillo pálido; el de las acacias y los tilos, de un tono más brillante y metálico; los plátanos estaban rojos; los ailantos, cobrizos: sólo los cipreses y los pinos conservaban su verde negruzco y triste. E l suelo, endurecido por los primeros fríos, se había grieteado, y en los bordes de los arroyos comenzaban á dibujarse festones de hielo que fingían dibujos de cristal. E n las peñas revivía el musgo, formando manchas alagartadas; en los troncos brillaba, como escarcha, la baba seca de los caracoles, y á lo lejos subía, en espirales inquietas, el humo azulado de las hogueras donde se quemaba la hojarasca. Los lagos y las charcas reproducían, como espejos, las sinuosidades que el paisaje formaba en sus orillas, y la neblina gris, monótona, acuosa, lo envolvía todo en una atmósfera de melancolía vaga é inexpresable. Ni el canto del leiíador, que se escuchaba cercano; ni el silbido de la locomotora, que pasaba á lo lejos, eran bastantes á prestar voz á los campos. La naturaleza parecía presa de una languidez precursora de la muerte. La tierra, húmeda y blanda, sofocaba los pasos de los hombres y las pisadas de las bestias. P o r entre los claros del boscaje se veían las líneas de los caminos, surcados por las llantas de las carretas, que dejaron en el barro endurecido sus huellas paralelas; y un sol blancuzco, apenas amarillento, hería casi horizontalmente la campiña, mientras hacia la última línea del horizonte la techumbre pajiza de alguna cabana dejaba escapar una columnilla de humo que se confundía con las nubes cenicientas y bajas. El silencio, la soledad, la agonía de la vegetación, todo llenaba el ánimo de tristeza. P e r o la hierba volverá á crecer, retoñarán los árboles, correrán las aguas, libres de sus prisiones de hielo; el sol brillará con fuerza, dando nueva vida á los gérmenes dormidos en la tierra. En el infinito rodar del tiempo, cada año tiene su primavera; mas para el alma humana sólo hay una: la juventud, y esa no vuelve. JACINTO OCTAVIO PICÓN.