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13 del mundo dejaría de realizar este acto solemne y dulce. Nos llevamos muy bien todos los de la familia. Ha bian ustedes de vemos delante de los besugos, siempre alegres y cariñosos. Yo le doy un pellizco á mi cuñada, ella me tira una aceituna; mi mamá política, para tomar parte en la broma, coge el mango del cuchillo y me sacude dos ó tres golpes en la cabeza; entonces yo la muerdo en el cogote No pueden ustedes figurarse lo que nos divertimos mientras dura la cena. Efectivamente, la familia de Carrascosa es de lo más amante y más juguetona que ba echado Dios al mundo. No hay más que ver á la suegra, que tiene la nariz medio torcida, y fué de un bocado que le tiró Carrascosa, por puro jugueteo, el día de Pascua el año pasado. ni 4 L las seis de la tarde todo era júbilo en el domicilio de Carrascosa. Él acababa de llegar de la oficina, donde le había tenido el Ministro copiando una Eeal orden y diciéndole cariñosamente: ¡Qué letra, amigo Carrascosa I Qué letra tan divina! No tardaré mucho tiempo en demostrar á usted cuánto le estimo. ¡Gracias, señorl- -habla contestado el subalterno, limpiándose la baba con un papel secante. Carrascosa refería á su mujer lo que acababa de oir de labios del Ministro, y ella participaba de la satisfacción de su esposo, sin dejar por eso de preparar la mesa, donde iba á celebrarse el nacimiento del Mesías. -No te olvides de decir á la chica que la sopa de almendras nos gusta clara- decía Carrascosa. -Ya se lo he dicho- -contestaba la mujer. -jY los besugos? -Buenos, gracias. ¡Les has puesto una ramita de perejil en la boca? -Si; ya está todo. -Voy á dar un vistazo á la cocina. Y Carrascosa se acercaba al fogón con ánimo de oler los guisados y probar el caldito de los besugos. Una hora después, aquella casa se había convertido en un verdadero templo de la dicha. Allí estaba la suegra de Carrascosa con sus tres hijas solteras, un primo, dos tíos carnales y tres sobrinos huérfanos. Carrascosa no cabía en sí de gozo, y antes de seatarse á la me a había comenzado ya con sus bromitas. -Quiero que esta Nochebuena deje en nosotros recuerdos indelebles- -dijo Carrascosa. Y cogiendo una aceituna, se la metió á su suegra por entre el cuello del vestido. Ella, al sentir la frialdad en la espalda, comenzó á correr detrás de Carrascosa, y por fin lo alcanzó junto al fregadero. ¡Toma, tomal- -gritó la vieja dándole con los fuelles en la rabadilla. La broma se hizo general, y ya desde aquel momento todo fué júbilo en la morada del oficialjcuarto. -Jia, á la mesa- -dijo su esposa. Y todos se dirigieron al comedor, cantando alegremente. -Tilín, tilín- -hizo la campanilla de la escalera. -I Quién? -preguntó la criada. -I Vive aquí D. Hipólito Carrascosa? -Sí, señor. -De parte del señor Ministro, que se presente en su casa inmediatamente. Al oir el recado, todos se sorprendieron. ¿Qué podrá ser? -preguntó la señora de la casa. Carrascosa sonrió; dirigió á todos miradas de suprema felicidad, y dijo por último: ¿Sabéis qué es esto? Pues, nada; que el Ministro me convida á cenar. Es un hombre muy cariñoso y muy amante de sus subalternos. Y corrió á su cuarto, púsose la levita y las botas nuevas, se atusó el pelo y el bigote, y entró de nuevo en el comedor diciendo: -Vaya, ya veis que no puedo desairar á mi je e. Macho siento no cenar en familia; pero hay circunstancias en la vida del hombre Abur. IV Carrascosa subió las escaleras de casa del Ministro con el corazón rebosante de alegría. Apretó el botón del timbre, dio al criado su nombre, y entró en el despacho de Su Excelencia radiante de felicidad. ¡Ah! ¡Es usted? -dijo el burócrata. -Bueno: siéntese usted. Carrascosa abrió los ojos lleno de espanto. -Coja usted una pluma. Va usted á copiarme lo antes posible ese proyecto de ley. Es poca cosa; nueve pliegos ¡Ah! Y procure usted hacer buena letra. L m s TABOADA,