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11 vida, de riqueza y de fuerza, no tienen comparación con las amapolas, de que se forma la corona del verano. El rojo es el color del poderío; roja es la sangre que calienta las venas y difunde la vida; rojizo el hierro que sale de las entrañas de la tierra para ser uno de los instrumentos más poderosos de la civilización y del progreso. El atributo del poder, el manto con que se adornan las grandezas de la tierra, es de color de grana, como el de las amapolas con que se engalana el verano, y que se destacan del fondo de oro de los trigos, madurados por el sol de Agosto. Cuando San Juan abre las puertas doradas del estío y comienzan á poblar los aires los ecos regocijados de las populares verbenas, y los acentos dulcísimos de las serenatas de los enamorados, entra la naturaleza ea la plenitud de la vida, semejándose á esas matronas hermosísimas que tan admirablemente pintó Rubens, al dar con el pincel vida á sus Venus blancas y rubias. Y todo germina al compás monótono del canto de la cigarra, grato y sagrado para los trovadores provenzales. La Iglesia solemniza el verano con una de sus fiestas más espléndidas, la del Corpus, y para el verano guarda el pueblo sus más animados regocijos, los de las romerías. No hay en todo el año noches como las de Julio, tachonadas de estrellas, que parecen ojos queridos que nos pairan desde el cielo, y pobladas de rumores que parecen los cantos tiernísimos de los recuerdos. Durante ellas brilla el caminito de Santiago, como si se hubiera formado con las huellas de las oraciones que subieron á ló alto, y se despierta el alma á las más puras emociones. Agosto, el mes culminante del verano, es el Rothschild de los meses; ninguno puede competir con él en riqueza, y todo lo vuelve de color de oro. Sus tardes abrasadoras inspiraron á Zorrilla los cantos admirables de la, Siesta, y sus días laboriosos son la abundancia para el resto del año. La Virgen, en una de sus advocaciones más piadosas, la del Carmen, se celebra en verano, cuando las rejas de las hermosas mujeres del Mediodía que llevan su nombre están cuajaditas de nardos y de claveles, que las forman perfumado dosel cuando salen entre los hierros á escuchar amores. Del verano es otra fiesta que recuerda las glorias de la patria: la de Santiago, el Patrón de la Caballería española. Y cuando se llega á la plenitud del verano, á la Virgen de Agosto, entonces sí que es todo animación, ruido y regocijo en los campos. El enfermo que estuvo postrado durante el invierno, corre á buscar alivio en los salutíferos manantiales de las termas; las playas se pueblan con las que brillaron en los salones de las ciudades, y el mar ofrece sus acariciadoras olas de color de esmeralda, y sus espumas blanquísimas, para las delicias de los baños, que vigorizan el cuerpo, abriendo á la salud sus poros. El verano sabe ser agradable para los ricos y cariñoso y protector para el pobre. Las dos plagas que hacen más terrible la miseria, el frío y el hambre, desaparecen ante el sol, que todo lo caldea, haciendo de los campos iin hogar, y ante los frutos que ofrece la tierra en pródiga abundancia. Si se pudiera realizar el milagro de hacer de todo el año verano, se habría resuelto la cuestión social. Y, sin embargo, no hay que fiarse mucho, porque el verano suele ser también la estación de las revoluciones políticas. Julio tiene merecida fama de demagogo, y en sus días han estallado no pocos trastornos. Pero se le puede perdonar todo en cambio de sus bellezas, que no se pueden representar mejor que con la alegoría á que estas líneas acompañan: una mujer joven y hermosa y un campo fecundo matizado de amapolas, KASABAL.