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i s f i (i íSYí; f (í A juventud se complace llamando á los años que pasan primaveras, del mismo modo que la vejez, más previsora ó más desengañada, los bautiza con el nombre de inviernos. Declaro que no estoy conforme con esta clasificación. Para mí, primavera es sinónimo de alegría, esperanza, renacimiento; y así como la tierra, al sentir en su interior los gérmenes de una nueva vida, aparece más hermosa y engalanada que nunca, la vejez tiene también, durante la estación primaveral, palpitaciones extrañas y fecundidades misteriosas. Todos los perfumes que nos han sido gratos; todas las flores que ceñimos á la frente de las vírgenes ó deshojamos á los pies de las bacantes, vienen á acariciar nuestros sentidos cuando la presencia de otras flores y la embriaguez de otros perfumes nos recuerdan, más aun que las venturas gozadas, las felicidades presentidas. P o r eso, creyendo deliciosa la primavera de la edad, encuentro más deliciosa todavía la primavera del alma; del alma que no se agosta ni envejece; que conserva puro é ileso el tesoro de sus afecciones, y en la que sólo dan idea del invierno los vendavales de la duda ó los relámpagos del orgullo. ¡Bendita una y mil veces la primavera! Ella es amor que nace, gloria que se suena, bien que se codicia, eternidad que se aguarda y vejez que no se teme. Yo la veo llegar todos los años con igual regocijo: la adoro como los pájaros y los pobres; la llamo poesía y la siento dentro de mí. ¿Queréis una prueba más de su prestigio y su importancia? Ahí va la última. P a r a designar á un individuo candido, inocente, sencillo, que se pase de bueno, en fin, los granujas y los rufianes han inventado un vaote: primavera. MANUEL DEL PALACIO.