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con palidez de muerte, y, á par de la columna de mercurio, toda la vida se contrae y se encoge temerosa de algo que pesa desde arriba; no de otro modo que si una mano altísima, invisible, comprimiera el globo terráqueo como si fuera microscópica naranjilla tirada en el espacio. El campo yermo da frió; las sierras nevadas dan miedo; las fieras montaraces se refugian en sus cubiles, y la fiera humana se encierra en sus ciudades, donde el pobre tirita en su rincón y el rico se estremece en sus cárceles doradas; que para ambos por igual tienen nublado los cielos y puñales de aguzado carámbano la pulmonía. Pero ese frío es frío que pasa. Se deshelarán las nieves, brillará el sol, y la tierra, caliente y esponjada, reverdecerá con hojas y flores, fruto de su preñado vientre. E L INVIERNO DE LA CARNE Los cabellos caen de la cabeza; el viento se lleva, como despojo sucio, aquellos hilos que formaron madeja de oro, corona de altos pensamientos ó adorno de la hermosura juvenil. Toman relieve en el rostro las huellas del trabajo y los surcos que dejaron las lágrimas. Los pies se arrastran como solicitados por la tierra; los ojos se enturbian, asustados de lo que han visto; la sangre se recoge al centro, como el soldado vencido se retira al último baluarte; la piel se blanquea con palidez de muerte, y el cuerpo se encorva y se contrae, como si la mano invisible lo fuese empujando ya hacia la fosa. Callan los apetitos dentro y se apaga la voz al salir afuera. Silencio semejante al de los montes nevados, por donde el hombre pasa sin ruido, hundiéndose paso á paso en el ventisquero y recibiendo copo á copo la mortaja de nieve. Ese frío es frío que no pasa. Ni se deshelarán las nieves de la cabeza, ni reverdecerán las flores del corazón, ni los miembros ateridos se desentumecerán, ni la luz del cerebro, trémula y oscilante como lámpara sin combustible, podrá romper las nieblas, avanzadas de la sombra eterna del sepulcro. E L INVIERNO DEL ESPÍRITU El árbol de la estufa, el árbol que vegeta entre paredes de carne, se ha despojado de sus flores y de sus hojas. Las formaban los sueños de la niñez, las esperanzas de la adolescencia, los amores de la juventud, las energías, las creencias, las ambiciones de la virilidad. Han caído las primeras nevadas y soplado los primeros vientos glaciales sobre el espiritii. Los sentimientos, como las hojas remolinadas, mudan de lugar, y los afectos, al modo que la tierra bajo la escarcha, se enfrían, pero toman consistencia. La amistad, quebradiza antes, se ha hecho costumbre obligatoria. EL amor, tornadizo en la mocedad, se ha hecho compañía necesaria; la pasión arrebatada, sentimiento posado; la ambición acometedora, cálculo tenaz; la fe, ó convencimiento firme ó incredulidad irredimible. La voluntad se apaga, como la luz en la frigidez del vacio; el entendimiento se duerme, como se adormecen los músculos helados, y la memoria calla para no contarnos historias alegres, que no volverán. Los besos se van hacia abajo en vez de irse alrededor, y los brazos acarician más á los hijos que á las mujeres, como si la columaa de méS feió interior descendiera y la mano invisible de siempre lo inclinara todo al suelo. r; La vida entonces se recoge al hoga, r, al abrigo de la familia, que se aprieta como los corderos en noche de ventisca, al calor de la cana de los nietos, que con su sangre bullidora amparan y calientan la sangre enfriada. ¿Ese frío es de invierno que pasa, íci el de la tierra, ó que no pasa, como el de la carne? ¿Será la estación postrera del ser, ó será una de tantas en la rotación perpetua de las estaciones? ¿Se habrá secado para siempre el árbol, ó rebrotarán las hojas y las flores en nuevos mundos y nuevos seres? EuGBSio S E L L E S