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820 BLANCO Y NEGRO es dudoso, y ruedan á los antros de mi poder, sin que les sirva de purgatorio la miseria que sigue invariablemente á sus aparatosas galas de un día. Los carruajes oficiales, aquellos en que lucen cocheros j lacayos ancho galón dorado y escarapela roja en el sombrero, constituyen otro de mis encantos. Se parecen á los simones en lo que varían de ocupante, sólo que los simones se alquilan por horas, y éstos los da gratis el país por temporadas. ¡Qué de ministros y subsecretarios he conocido desde que aquí me pusieron! Vienen los primeros días de su poder muy orondos y satisfechos, y se admiran de que las gentes no les saluden rindiéndoles acatamiento. E n sus trajes se notan todavía las penalidades de la oposición, que van desapareciendo poco á poco según van llegando las pagas; pero á lo mejor se quedan á pie, y los carruajes oficiales cambian de dueños, pero no de suerte, porque son siempre los que dan más vueltas. Dicen que escasea el dinero, pero lo cierto es que el número de coches aumenta, si bien es verdad que disminuyen cada vez más los buenos. Se ven pocos trenes bien montados, y muchos de los que la industria alquila á la vanidad para lucirse unos días. Conozco portezuelas que han tenido más cifras que Constituciones la nación, y libreas que cambian con más frecuencia de amo que algunos políticos de programa. Algunas jugadas de Bolsa me traen nuevos abonados, y otras hacen desaparecer para siempre á los que creyeron que bastaban unos cuantos éxitos para tener asegurada á la fortuna y no volver á pasear á pie. Todas las tardes recuerdo aquel hermoso terceto en que Ventura de la Vega tradujo un pensamiento de Metastasio: (Si en la frente del hombre se leyeran Escritos los afanes de su pecho, I Cuántos que envidia dan, lástima dieran! Y me inspiran lástima profunda los que hacen costosos sacrificios por sostener el tren en que se lucen; los que deben todo lo que llevan, y acaban, al fin, por ser arrollados por la trampa. ¡Cuántas sonrisas ocultando amargaras! ¡Cuántas caras placenteras disimulando penalidades! Hay gentes que vienen á paseo en coche, como á ejercer una misión transcendental, y van espetadas en los almohadones, muy posesionadas del importante papel que desempeñan. Al cruzarse los coches y cambiarse saludos, veo lucir en algunos ojos la envidia, en otros el odio, y sólo iluminan el cuadro algunos destellos de amor revelados en dulces miradas y tiernas sonrisas. A los trenes de la aristocracia antigua, con las portezuelas blasonadas, los lacayos empolvados y las ostentosas libreas, han sucedido los carruajes de la gente de dinero, menos ostentosos, pero más animados. Yo no sé de quién fué la idea de pasear todos los días en coche por un mismo sitio; pero de que fué diabólica, respondo. En carruaje ha ido mucha gente al infierno. Ahora llegan para mí los días tristes, los de los carruajes cerrados, los de las filas que parecen las de un entierro, y estaré como de duelo hasta que vuelva la primavera á echar abajo las capotas, á sacar los ligeros tílburis y las populares mañuelas, esos trenes de á dos pesetas la hora, que son el recurso de los que no pueden gastar más en carruaje. ¡Cuántas cosas variarán hasta entonces! ¡Cuántos que hoy ponen el pie en el estribo al salir de su casa, se quedarán á pie, olvidando los prudentes consejos de la popular copla que dice que no se debe cantar, con demasiada precipitación, victoiia! En fin, lo que fuere sonará. Yo soy el único resignado con mi suerte, porque de Ángel caído no ha de haber quien me levante. Por la copia, K A S A B A L