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MADRID MONUMENTAL LO QUE DICEN LAS E S T A T U A S LA DEL ÁNGEL CAÍDO Dios castigó, con mi merecida caída, uno de los pecados que más víctimas han causado en la humanidad, la soberbia: y desde el pedestal donde me han colocado, contemplo diariamente el espectáculo de la ranidad. Donosa fué la idea de erigirme estatua en el paseo más aristocrático de Madrid; pero yo no he de censurarla, puesto que me recrea y sirve de consuelo, y antes estoy para regocijo que para tristeza con lo que desde mi altura, y á pesar de la incómoda posición en que á Bellver plugo colocarme, vislumbro. r ¡gjgf (A. V JÍ Los que todas las tardes vienen, en trenes más ó menos aparatosos, á dar unas Itas en torno de mi estatua, me parecen cortesanos míos que vienen á liirme acatamiento. 7O fui soberbio; ellos son, en mayoría, vanidosos, y allá nos vamos en lo pecadores, por más que ellos tienen, como indisputable ventaja, abierta de par en par la puerta del arrepentimiento, que puede llevarlos á puerto de salvación. Mis mañanas son tristes, como la parda campiña que se extiende desde las tapias del Ketiro hasta el cerro de los Angeles; g- J pero mis tardes son regocijadas. Apenas comienza á declinar el i K SjT J llegan, más ó menos rápidamente, mis diarios visitadores. ¡Qué curiosa variedad! ü n respetable landau me trae á las dos hermanas, que conservan, como herencia de familia, cierto aire episcopal; sus sombrerillos, me parecen solideos, y sus vestiduras sotanas: van erguidas en los almohadones, sin cambiar entre ellas una palabra, y sin dirigir saludos ni tener que contestar á reverencias. Me parecen dos momias que desfondan para sacarlas en coche á paseo, y la rara tarde que no las veo, me parece que me falta algo. E n pos de su coche, que suele ser de los primeros, vienen otros muchos; los de mis más fieles subditas se distinguen á la legua; los trenes suelen ser los mismos, las dueñas varían con frecuencia; van solas, y aunque no las saluda nadie, las miran mucho, los hombres á hurtadillas, las señoras con más franqueza, como si quisieran descubrir los secretos con que encadenan voluntades. Ellas se hacen las altivas para no descuidar su negocio, y hacen de sus ojos lenguas que unas veces prometen y otras solicitan. De la nada llegaron al coche, y en coche van rodando al abismo. Su porvenir no JfMfSt e ¡lgL