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LOS ACTORES ESPAROLES JOSÉ MESEJO En la esfera del arte es sueño insensato aspirar á la unanimidad. Pocas obras y pocos artistas han conseguido universal aplauso y aprobación unánime. Lo que prueba que las obras perfectas escasean, y que no se halla un genio al volver de cada esquina. Aunque parece que no hay más que uno, hay dos clases de público: el verdadero conde (el que paga) masa abigarrada é informe compuesta de todas las clases sociales, y cuyos discordes y antagónicos elementos marchan al unísono dentro del teatro, y al que con justicia podemos llamar el gran público, y otro, muy poco numeroso (que no paga generalmente) y que se compone de críticos, literatos, periodistas, actores, autores dramáticos y d emás gente del oficio. Kara vez marchan de acuerdo estos dos públicos. Lo que al uno le gusta parécele al otro abominable, y viceversa. Hay muchos ejemplos (y algunos están á la vista) de esta verdad. Obras que alcanzan centenares de representaciones (lo que prueba que gusta de ellas el gran público y que son unánimemente reprobadas y anatp- niatizadas por el pequeño público, compuesto de las gentes del ojicioj y otras que deleitan á ese público inteligente y cultísimo; obras calificadas de modelos, en la prensa y en los circuios literarios, y que, sin embargo, viven á duras penas quince ó veinte representaciones. No puede darse mayor desacuerdo entre uno y otro público. Lo propio que con las obras acontece con los actores. Los hay discretos, concieazudos, perfectamente ajustados á todas las reglas y preceptos del arte, que merecen los más pomposos elogios del pequeño público (dueño de la inteligencia y depositario de la verdad) y que no sé por qué fatalidad extraña, no logran hacer feliz al gran público, al verdadero conde, al que paga. Y sale, por ley del contraste, uno que no es del gusto de la critica, un empírico, por decirlo asi, que con cuatro geniahdades, cuatro cosas que no sabe lo que son y su manera de ser especialísima, se lleva de calle á la gran masa anónima, con gran disgusto de la selecta y clasificada minoría que vela constantemente por los fueros del arte. Si se trata solamente de vivir y de cobrar, sobre todo, comprendo la tranquidad del empírico, al estar persuadido de que complace al verdadero conde. Pepe Mesejo- -como le llamamos familiarmente y con su permiso- -no goza- -como otros muchos- -de la unanimidad. De los dos públicos que quedan señalados y definidos, respectivamente, uno le es adverso, aunque en el sentido más benévolo, pero adverso al fin. Pero puede y debe consolarse. Y a q u e no cuente con todo el censo electoral- -teatralmente hablando- -cuenta con abrumadora mayoría. La masa anónima le pertenece y de él (de Mesejo) es el reino de la nómina, una nómina leal y consecuente desde hace muchos años. Entre las gentes del oficio, que también quedan definidas y señaladas más arriba, es una, nime, cuando se habla de este actor, el parecer siguiente: ¿Pepe Mesejo? Buen actor hasta cierto punto. No deja de tener gracia, ero gísxAa, gorda. Su trabajo es bastoy un poco ordinario (en el sentido artístico, se entiende) Es algo duro para aprender los papeles, y se permite frecuentemente, en aquellas obras que domina y representa con amore, colaborar con el autor, no siendo algunas veces de buen gusto lo que pone de su cosecha.