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Eodeado al cuello de jóvenes y viejas, con profusión de vueltas y enredijos, parece el boa constrictor un animal doméstico que ha echado pelo en casa, para calentar la garganta y el pecho délas diosas del gran mundo. La moda continúa, cosa rara tratándose del voluble é inconstante... género femenino. Y en esta moda de los boas, ha sido Eusia, la blanca Rusia, la que ha abierto su Jardín de Aclimatación para inundarnos de culebras, culebrinas y culebrones. Las más elegantes usan el boa con traje de visita y de soirée, para ir á los teatros y frecuentar los paseos, para comer de convite, y ¡bailar cotillones! Hoy no se comprende una virgen impúber enamorada, sin boa, ni una madre augusta sin culebra de pelo de cabra. Ambas morirían de anemia y de frío si las faltase el calor sustancioso que se desprende de la piel curtida de gato, cuando se funde en la electricidad chispeante de un cuerpo de mujer apasionada. Por eso, sin duda, hemos visto con asombro á un gran número de mujeres bonitas pasear en la Castellana y en el Parque el boa reglamentario en días de verdadero calor. Corrían el riesgo de asfixiarse; pero es tan honda la manía de los perendengues, tan grande el afán de adelantarse en sociedad unas á otras, que no se repara ni en la ocasión, ni en el tiempo.