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808 BLANCO Y NEGRO- ¿Qué hago yo? ¡Y aquélla sin venir! La criada se ha ido á casa de un primo suyo, que está con la tos ferina, y sabe Dios cuándo volverá ¡Calla, hijo mío, calla, por la Virgen Santísima! ¡Gua gua gua! ¡Si yo supiera que había amas de cría en la Casa de Socorro, te llevaba allí corriendo! ¡Ah, qué idea! En el piso cuarto hay tina vecina que está criando. Sí, voy á pedirla, por la memoria de su madre, que le deje dar unas cuantas chupadas á esta criatura ¡Vecina, vecina! ¿Quién llama? -Soy yo, el vecino del tercero. ¿Y qué se le ofrece á usted? ¿Está en casa su señora? -No, señor; ha salido. ¡Qué contrariedad! ¿Se le ofrece á usted algo? -Sí, señor; este chico me tiene loco, y quería pedir por favor á su esposa de usted que me lo tranquilizara. ¿Quiere usted que baje yo, á ver si me doy más maña? -Como usted guste. El vecino del piso cuarto desciende las escaleras y coge en brazos al chiquitín. ¿Por qué lloras tú, gorgojito? Yo tengo once, ¿sabe usted? y estoy muy acostumbrado á bregar con ellos- ¡Gua gua gua! -Verá usted cómo yo le callo: El pobrecito niño No tiene cuna; Su padre es carpintero Y le hará una. dre al tiempo de mecerle, ¿Le dolerá la tripita? ¿Qué te duele á ti, rico de la casa? ¡Oh oh oh! ¡Gua gua gua! -seguía haciendo el rorro. El papá comenzó á sudar la gota gorda y á ponerse nervioso, hasta el punto de no saber qué hacer con el chico: unas veces le meneaba como si estuviera enjuagando una botella; otras veces le ponía boca abajo; otras le echaba en la cuna, y otras le cogía por las piernas con ánimo de estrellarle. ¡Gua gua gua! -Yo ya no sé qué hacer contigo- -gritaba él infeliz esposo, recorriendo la habitación á grandes pasos. -Anda, chupa- -y le metía en la boca el tapón de un frasco. Pero todo era inútil. El chico se ponía á chupar con verdadero frenesí; pero al ver que no sacaba jugo, reanudaba el llanto con más fuerza que nunca. ¡Maldita sea mi suerte! Yo no he debido dejar salir á tu madre. La culpa me la tengo yo, por ser un calzonazos y un hombre sin energía. Ya no era llanto; era desesperación, pataleo y rabia furiosa lo que se había apoderado de aquella criatura. No satisfecho con llorar á lágrima viva, se había agarrado á los bigotes de su papá, y trataba de chupárselos. ¡Gua gua gua! ¿Ve usted? ¿ve usted como no calla, aunque le canten todo el repertorio de Offenbach? -Vamos á echarlo sobre la cuna á ver si quiere estar estiradito. Y ponen al muchacho en la cuna; pero allí se le desarrolla la desesperación hasta el punto de que el padre, fuera de sí, piensa seriamente en el supremo recurso de coger al chico y tirarle al patio.