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BLANCO Y NEGRO 807 flexionar maduramente, acerca de lo dicho de mí, y al cabo TÍne en acordar que no sabéis todavía la razón por la cual me aternizasteis con el bronce de que estoy formado (mal formado, por supuesto) pues mientras unos decís que soy idealista, y cansados de buscar arte por el camino de la ciencia, me llamáis el gran mistico, otros queréis arrebatarme el derecho de ser tenido como maestro, cuya influencia en el arte de todos tiempos, debe ser reconocida y acatada. No me quejo. Día llegará en que me comprendáis. Hoy por hoy, me limito á decir: lo que buscáis, tenéis y como descubrimiento prodigioso, el realismo y aun el naturalismo, lo practicábamos nosotros, y yo con todos mis colegas, hace siglos; pero nosotros logramos lo que vosotros no, que aquellas figuras tan reales de forma, tuviesen su alma y su corazón correspondientes. Nosotros hemos trazado el hombre físico y el hombre moral, vosotros no habéis pasado de la epidermis. Galló el insigne sevillano, alzó los ojos al cielo, y vieiído que del Orienté se alzaba el sol entre las arreboladas nubes que le habían inspirado los cielos en los cuales colocó sus Concepciones, se dirigió al pedestal, y tornó á ocupar de nuevo, el puesto de honor. R. B A L S A D E L A V E G A LOS A N T E O J O S L a señora h a salido, porque tiene que ir á ver á las de Martínez, u n a de las cuales está con u n a irritación horrorosa, á causa de su rompimiento con el novio. Antes de salir, la señora h a dicho á su esposo: -Ya ves: no tengo más remedio que ir á casa de esa pobre chica, porque las amigas son para las ocasiones, y ella necesitará consuelos. Ahí te dejo al niño para que lo distraigas hasta que yo vuelva. ¡Pero, mujer! ¿Qué quieres que haga yo con esta criatura? -Lo que hacen todos los esposos cuando son como Dios manda. Si, ves q u e Hora, le das á chupar el tapón del frasco d e la zaragatona, que le gusta mucho Vaya, ahur. ¿No tardes, eh? Mira que el chico es u n mamón. -Antes de media hora m e tienes aquí. ¡Adiós, rico del almal ¡Pimpollo! ¡Príncipel Ahí te quedas con tu papaíto. ¡Ay, qué niño tan mono! L a m a m á echa á andar por las escaleras, y el papaíto se sienta en u n a silla baja, y coloca al niño boca arriba sobre las rodillas; pero al chico n o le gusta la postura y comienza á gruñir. -Vaya, vaya- -dice el papá. -Ya veo que así no estás bien. Y lo pone boca abajo. ¡Gua. gua! hace la criatura. ¿Tampoco? ¿No te gusta estar parado, grandísimo bribón? Pues m e levantaré. El niño, en vez de tranquilizarse, se puso á gritar como si lo estuvieran desollando vivo; y entonces su papá, lleno de amoroso interés, comenzó á mecerle y á cantarle una habanera que había estado m u y en boga en Llanes el año 66. ¡Gua... gual- -seguía haciendo el niño. ¿Qué demonio tendrá? -se preguntaba el pa-