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MADRID MONUMENTAL LO QUE DICEN LAS ESTATUAS LA DE MURILLO Requerí el bastón, me subí cuanto pude el cuello del gabán, encendí un cigarro de la Tabacalera (legitimo, porque ardía muy mal) y pian pianito dirigí mis pasos hacia el Prado, en busca de la plaza de Marillo. Clareaba el día, los faroles lucían con luz del color de la ictericia, alguno que otro simón marchaba dando tumbos hacia la estación del Mediodía en busca de viajeros, y el Guadarrama soplaba, enviándome á bocanadas su aliento tibio (tres grados bajo cero) Al cabo, columbré, todavía envuelta por las sombras del crepúsculo, la estatua del gran pintor sevillano. -Dios guarde á vuesamerced- -dije echando mano al sombrero. -El director del BLANCO Y ÍÍEGRO me ha encomendado la para mí honrosa misión de ínterviewaros, como decimos ahora, por no decirlo en castellano, que sería mucho más fácil y comprensible; por lo tanto, estoy á las órdenes de vuesamerced, y soy todo oídos, si es que tenéis la bondad de decirme algo délo mucho que, indudablemente, habre is meditado acerca de la cosa artística. Callé esperando la respuesta del gran pintor. Dejó éste sobre el pedestal la paleta y los pinceles, miró en derredor suyo, y como por arte de magia y en un abrir y cerrar de ojos, se colocó á mi lado. Se arregló ligeramente los largos cabellos, que con el vuelo se le habían descompuesto, y con voz reposada y dulce: -Hace dos noches- -exclamó- -tuve el placer de conversar con mi colega D. Diego Velázquez de Silva y con Berruguete. Después de los saludos de rigor y de la presentación que el primero me hizo de su vecino, el insigne autor del sepulcro de Tavera, recayó la conversación sobre la cosa artística, como vos decís, y convinimos los tres en que toda esa algarabía que críticos, pintores y escultores habéis armado, no tiene por causa más que una de estas dos razones: ó por faltaros la memoria, ó porque no queréis confesar vuestra impotencia. -lío os comprendo. -Pues no será porque no hable el castellano bastante claramente. Os falta la memoria- -repito- -puesto que andáis dándoos de calabazadas en busca de eso que llamáis realismo, y no recordáis que nosotros lo llamábamos verdad. Y á propósito de tal rebusca, he salido bastante malparado por parte de mis panegiristas y por la de mis enemigos. Los primeros, poniéndome en los cuernos de la luna, dicen de mi que he visto el cielo, que mis cuadros todos, especialmente las Inmaculadas, son de un idealismo superior á todo encomio, que he superado á los grandes soñadores del pincel; los segundos, afirman que, por esas razones alegadas en mi defensa, dejo de pertenecer á la escuela de la verdad, ó realista, como queráis. -Yo, desde mi pedestal- -añadió señalando al suyo- -he visto pasar y repasar los umbrales de este Museo, donde se conservan muchas de- mis mejores obras, á una multitud de artistas, á los cuales coronasteis de laurel hoy, para daros el gusto de arrancarles la corona mañana. Tal vista no me consoló, pero me hizo re-