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804 BLANCO Y NEGRO simpatías de los otros curas, y, msdió tapabién la circuQstaaoia de haberle recomendado Muñoz Torrero, eclesiástico y diputado á (Jortes, obtuvo la pl za de suplente durante la enfermedad del propietario. Sucedía que, por atender L) Sebastián á los ejercicios parroquiales, algunas veces no podían comer juntos ni el cura ni el piloto, cosa de que se dolían, porque cliarUban de sobremesa, rpcordando sus juveniles aventuras, ó jugaban á los naipes si el suefío no los excitaba á la siesta para una razonable digestión. Cierto día entró en su casa el piloto en punto d é l a s doce para celebrar con su amigo el gaudeamus, que aú apellidaba el cura el momento de sá comida. ¿Y D. Sebastián? -preguntó el piloto á la sirvienta, no viendo á su cotidiano compañero. Y respondió la mulata: -Ko come en casa hoy. Así lo ha mandado decir con el monaguillo de la parroquia; porque tiene que auxiliar á un enfermo y come en casa del doliente. Resignóse Cartuchera á la soledad de la mesa, y comió, no sin echar de menos á su compañero. Ausentóse después de comer para arreglar sus asuntos en la Capitanía del puerto, y quedó en la casa únicamente la sirvienta, que aprovechó este momento para llevar á cabo el plan que tenía premeditado, no se supo si sola ó acompañada. Fué el caso, que á la caída de la tarde hizo el cura un paréntesis á sus tareas parroquiales para volver á su casa, y ¡cuál sería su sorpresa al encontrar la puerta abierta y su albergue completamente empañado por las tinieblas! ¡Atanasia! -gritaba el presbítero. í Pero nadie le respondía. Anduvo á tientas un gran espacio de tiempo, llamando incesantemente á la mulata. El mismo silencio. Se dirige á la cocina; en uentra en la hornilla algunos carbones encendidos; busca la pajuela; la halla; enciéndela en una brasa del fogón, tartamudeando palabras latinas y castellanas; enciende la piquera de un velón, y alumbrado con esta antorcha doméstica, se despoja del manteo y la canoa, procede á un mii. ucioso registro, y encuentra abiertos y descerrajados los cajones de su cómoda. ¡La mulata me ha robado! -exclamó, olvidando la suerte de su compañero. ¡Oh dolor! Echó de menos 35 onzas de oro, dos pares de hebillas de plata, un cruciíijo y una Virgen del Pilar del mismo metal. Miró el sitio donde estaba el baúl de su compañero y IB encontró también abierto y descerrajado, y sin examinarle se puso en mitad de la habitación, con el velón en la mano, gritando: ¡Ko quiero registrar más! ¡La mulata nos lia dejado en cueros! En esto llegó el monaguillo de la parroquia, diciendo: -Padre cura, acuda usted á la sacristía corriendo, que hay que dar el Viático á un enfermo. Don Sebastián cogió sus hábitos, echó la llave á la puerta y voló á la iglesia, exclamando por el camino: ¡La mulata nos ha dejado en cueros! En llegando al templo se colocó sus ornamentos, sacó solemnemente el copón del Sagrario y- salió el Viático con el debido acompañamiento y lucidamente alumbrado. Mientras tanto llegó, el piloto á su casa, y viendo la puerta cerrada y que la criada no. abría, á pesar de sus reiterados aldabonazos, se encaminó á la parroquia, donde le dijeron que D. Sebastiári acababa de salir con el Viático. Y efectivamente, aun se oía el sonido de la campanilla. Corre Cartuchera, le alcanza, se acerca á O. Sebastián, y le dice con disimulo: -Dame la llave. El cura se vuelve; detiene su rezo; se para, y exclama: ¡Ay, amigo Cartuchera, la mulata nos ha dejado en cueros! -i Qué. me cuentas! -preguntó el piloto, con asombro. Don Sebastián sacó la llave del bolsillo del pantalón y se la entregó á su amigo, diciendo: -Toma; abre la puerta y te convencerás de que la mulata nos ha dejado en cueros. Y añadió diciendo á los acompañantes, que habían suspendido la marcha: ¡Adelante! E l sacristán, qite iba á su lado con el farol, le preguntó mientras caminaban: ¿Qué le ha pasado á usted, señor cura? ¿Y á usted qué le importa? -respondió. -Atienda usted á lo que voy rezando. Y añadió en tono de rezo: -Te Deum laudamns. Y repuso el sacristán: -Te Domine confitemur. Este suceso sirvió de solaz y pasatiempo por muchos días entre los gaditanos. ILDEFONSO AKTONIO BERME. TO.