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E P I S O D I O S HISTÓRICOS V anor f kA Meses después de haberse proclamado en Cádiz la Constitución del áBo 12, residía en dicha ciudad un cura llamado D. Sebastián Claros, quien después de haber sido capellán de un li il; a ló i de infantería de línea, perteneciente á la gtiar II ion de Ceuta, se retiró á Cádiz con algunos ahorrillos, -e instaló en una modesta casa de la calle del Sácranii nto, en compañía de una mulata llamada Atanasia, que le servía á su satisfacción en todos los jáenesteres de la casa. La ocupación de nuestro buen presbítero era la de celebrar todas las mañanas, á las nueve, una miga en uno de los altares de la parroquia de la Virgen del Rosario; regresaba á su domicilio, tomaba el desayuno, y se dirigía después á la plaza de San Antonio á escuchar de boca de los hombres políticos las novedades del día, tanto más dignas de saberse, cuanto que en aquella sazón los franceses disparaban continuamente bombas y granadas contra la ciudad, con cuyo espectáculo se habían ya familiarizado los gaditanos al extremo de haberse popularizado el siguiente cantar: Con las bombas quo tiran Loa fraucmasoneSt Hacen las gaditanas Tirabuzones. Una de aquellas mañanas quiso el presbítero D. Sebastián Claros dilatar su paseo hasta que sonaran las doce, hora destinada para comer, y extendió su excursión hasta la Puerta de Tierra, para gozar del sol de la primavera. No puedo decir si el intento fué casual ó providencial; pero es el caso, que antes que terminara su excursión matutina, topó de improviso con un hombre que, abrazándole apretadamente, exclamó: ¡Sebastián de mi alma! ¡Sebastián de mi corazón! Pasado el primer momento de asombro, el cura reconoció al que tan apretadamente le estrechaba, é imitó su ejemplo gritando; ¡Cartuchera de mi vida! ¿Quién te trae por estas tierras? Cartuchera no era el verdadero ap lido del aparecido; era un apodo con que le habían bautizado sus amigos de la niñez cuando cursaba latín con los jesuítasien Sevilla. Sáverdadero nombre era el de Mariano Atezóla. Este y el cura habían sido condiscípulos en una mismá; aulá, y se habían profesado una buena y perseverante amistad durante su juventud, hasta que el destino concertó su manera de separarlos. Sebastián emprendió la carrera eclesiástica por circunstancias especiales y no por. verdadera vocación, y Cartuchera se embarcó en Cádiz con dirección á Buenos Aires, con un tío, que le excitó á que siguiera su carrera de piloto, y aquí le tenemos en Cádiz de regreso de su prinier viaje, como patrón de un barco llamado el Tintorero, con un cargamento de café brasileño, cueros y cascaras de árboles de tinte. No teniendo Cartuchera posada fija, concertaron el cura y el patrón vivir juntos, y este último se apresuró á trasladar su baúl y su maleta á la calle del Sacramentó, donde su amigo residía. Concertaron su plan económico y doméstico para que sus bolsillos no experimentasen quebrantos de ninguna especie, dando á la criada mulata un modesto salario y algunos regalillos de vez en cuando, y de este modo vivieron los dos amigos una larga temporada, sin que nada en el mundo trastornase las horas convenidas para almorzar, comer y cenar. Pero vino un incidente inesperado que trastornó, hasta cierto punto, el régimen de la casa. Enfermó el teniente cura de la parroquia del Kosario, y como D. Sebastiáii decía misa diaria en esta iglesia, y se había captado las