Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
val J á L insigne poeta D. Nicolás Fernández de Moratín, padre del famoso D. Leandro, esoriHó una oda dedicada al Conde de P B j k Aranda, que á la sazón era Capitán general y Presidente de Castilla, y no encontratuos hoy mejor modo de comenzar nuestra y 0 tarea, que copiando los versos con qae dicha oda principia: Guando mis versos á la edad futura, El tiempo perdonándolos, trasciendan TQue el verso inmortal dura) Y las gentes entiendan Las alabanzas que me inspira Febo De este Escipión, de este Licurgo nuevo. De admiración pasmadas Quedarán recorriendo Las edades pasadas. Con afán, entre muchas, distinguiendo Las prendas que tu mérito engrandecen, Ilustre Aranda. Y si al saberlas crecen Más sus admiraciones; Varón sublime, exclamarán, seria Aquel que merecía Tantas aclamaciones Que hizo feliz la edad que le ha logrado, Que el mundo por su fama aun le respeta. Que fué tan venerado. Que tanto asunto en él halló el poeta. lío ha sido sólo Moratín, que pudo escribir movido por el afecto que profesaba al Conde ó llevado por la gratitud que por su protección le debia, qmen le ha tributado elogios tan entusiastas cuanto justos. Apenas hay escritores de los que se han ocupado en referir los hechos de aquel insigne político ó los acontecimientos de la época en que vivió, que no le hayan tributado acaso mayores y más extremadas alabanzas. Voltaire túvole en tal estimación y predicamento, que además de dedicar á su nombre extenso articulo en el Biccionario filoííofico, manifestó en muchas ocasiones su parecer de que con media docena de hombres como el Conde de Aranda, no hubiera tardado España en lograr BU regeneración completa y en alcanzar su mayor engrandecimiento. Pero si las encomiásticas frases de D. Nicolás podrían ser tachadas por nacidas del reconocimiento, y las de Voltaire pudieran á alguno parecer sospechosas por ir dirigidas á un partidario del filosofismo francés, al Ministro á quien se debió principalmente la expulsión de los jesuítas de España; los elogios de dos modernos escritores españoles, harto conocidos por sus ideas políticas y religiosas, no dejan duda alguna de que eran aquéllas igualmente merecidas y desapasionadas. Don Vicente de la Fuente, refiriéndose al Conde de Aranda, dice qae era uno de aquellos personajes que han sabido conquistarse un lugar brillante en la historia, más por la energía de su carácter, que le hacía arrostrar todos los inconvenientes que se oponían á su marcha, que por sus talentos y virtudes, aun cuando no le faltaban ni unos ni otras y agrega que (da milicia, los tribunales civiles y eclesiásticos, la literatura, las universidades, le deben reformas de mucha entidad, y por lo común, bastantes acertadas Don Gabino Tejado, en una excelente biografía del célebre Ministro de Carlos 111, hace de él esta notable pintura: Subdito fiel, soldado pundonoroso, leal caballero, filósofo en el buea sentido de. esta palabra, hombre de mundo, de corazón incorruptible, de voluntad enérgica, figuró el primero en los sucesos importantes de su época, extirpó abusos, combatió preocupaciones, j se hizo, en fin, doblemente acreedor á nuestra buena memoria, sufriendo el inevitable martirio que la humanidad guarda por premio y recompensa á sus patronos y redentores. Todos los escritores que del Conde han hablado, citan Igualmente, como cualidades principales de su carácter, la impetuosidad, la vehemencia y la testarudez aragonesa, y con este motivo se han referido multitud de chistes y anécdotas que nos parece oportuno recordar. Cuéntase que, siendo todavía niño, se empeñó en volar, y aunque sus amigos y compañeros procuraron disuadirle, cogió dos paraguas en su casa, se subió al castillo de Aranda de Jarque, que está en una altura dominando el pueblo, yarrojándose con suma intrepidez, fué á dar con su cuerpo contra el tejado del convento de Capuchinos, que está en medio de la vega, quebrándose una pierna. Cuéntase que siendo j a Ministro y estando un día despachando con el Sey, al rechazar éste una reforma que le proponía, insistió en su empeño en términos tales, que el Monarca, incomodado, le dijo con viveza: Aranda, eres más testarudo que una muía aragonesa. Señor- -replicó el Conde- -aun conozco o1 ro más testarudo que yo -liQuién es? La Sacra Majestad del Eey D. Carlos III. Y como dice el refrán que genio y figura hasta la sepultura y que lo que entra con el capillo sale con la mortaja á aquella anécdota de la época de su niñez y á esta otra de sus tiempos de virilidad únase la sigaiente de los últimos años de su vejez. Habla muerto Carlos ITI y reinaba en España, en el nombre, Carlos IV, pero en realidad su audaz privado Godoy, Duque de la Alcudia. Era Godoy partidario de la continuación de la guerra con Francia, declarada con motivo de la revolución, y era opuesto á ella el Conde de Aranda, decano entonces del Consejo de Estado. Aun cuando el débil Monarca sometíase en un todo al parecer de su Ministro, se reunió, por fórmula, el Consejo para ocuparse en resolver aquella cuestión, el día 14 de Marzo de 1794. -Larga y empeñada fué la discusión, ó por mejor decir, el altercado entre el privado y el Consejero, hasta que éste, tratado por Godoy con insolente y ofensiva acritud, olvidándose de que estaba delante del Bey, y dejándose llevar por sus naturales ímpetus, gritó: iSeñor Duque, yo me sometería á un proceso con serenidad, pero fuera de ese procedimiento judicial, todavía tengo, aunque viejo, corazón, cabeza y puños para lo que pueda ofrecerse. Aquel noble y valeroso arranque fué causa de su desgracia. El Rey lo consideró un atentado imperdonable, una falta gravísima contra Su Majestad, y el Conde fué desterrado á Jaén y después preso en la Alhambra. Eebuscáronse contra él cargos; no dejaron de hacerle sufrir vejaciones y torturas sin consideración á su edad; fué acusado por la Corte ante el Tribunal de la Inquisición, y ¡hecho singularísimo digno de ser notado! aquella Inquisición que estuvo á punto de concluir combatida por el Conde, no vaciló en absolver al Ministro que expulsó de Kspaña á los jesuítas y al que se inculpaba como contagiado por el ateísmo de los enciclopedistas franceses. Para que en el Conde de Aranda todo fuera admirable, aquel enérgico carácter que se rebelaba contra poderosos privados y contra Beyes absolutos, se endulzaba cuando tenía que tratar con el pueblo, ofreciendo contraste singular con esa pléyade de tiranuelos que en todas las épocas y en todas las naciones ha habido, y que, servilmente bajos y humildes con los reyes y con los poderosos, han reservado sólo sus energías y su ferocidad para oprimir á los débiles y para combatir al pueblo. El Conde de Aranda, que había demostrado su valor en las guerras de Italia y Portugal, alcanzando, todavía muy joven, altos puestos en el ejército, era Capitán general de Valencia en 1766, cuando estalló en Madrid el famoso motín contra Squilache, y el Rey, necesitando un hombre de entereza, le llamó, nombrándole Presidente del Consejo de Castilla. No hay quién ignore las causas de aquel motín, llamado también de las oapas y de los sombreros; todos saben que el Ecy tuvo que huir de Madrid, y que las turbas, dueñas de la población, instigadas y alentadas, á lo que se dice, por los jesuítas, alborotaban calles y plazas sin respeto ni temor á nada. En estas circunstancias llegó el Conde de Aranda, y comprendiendo que rara vez se consigue por laíuerza desarraigar los hábitos nacionales, apelando á la dulzura y á la persuasión logró que el pueblo le obedeciera con la mayor docilidad, de modo que el día en que el Rey volvió á Madrid, llamado por el Conde, apenas se veía un sombrero gacho. Resultado de aquel motín fué la expulsión de los jesuítas, preparada por el Conde de Aranda, al que auxiliáronlos célebres Campomanes y Moñino, después Conde de Florídablanca, y realizada en toda España en una noche y á la misma hora, el 31 de Marzo de 1777. Esta atrevida resolución; las muchas é importantes mejoras que introdujo en la Administración pública y en la enseñanza; las reformas que hizo en los teatros, arreglando su policía interior y exterior y procurando el mejoramiento de la literatura dramática, que se hallaba en decadencia lamentable, y en fin, las numerosísimas y loables buenas obras que hizo, tanto como Ministro cuanto como particular, hacen que su nombre sea por todos y siempre recordado y tenido como digno de admiración, de respeto y de justa y perdurable celebridad. TELLO TELLBZ.