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tl) e atines Ln el ano 1848 gobernaba paternalmente á las Españas y sus Indias D. Ramón Maria Narváez y Campos, Duque de alencia y príncipe de la milicia, á nombre de Su Majestad Católica D. Isabel I I- y representaba en estos remos á la Graciosa Soberana de Inglaterra, el insigne novelista sir Bulwer Entrometido el inglés, y poco sufrido el lojeño- -porque ustedes sabrán que D. Ramón era de L o i a sobre SI había ó no el Embajador aconsejado á Su Majestad Católica que llevara al gobierno á los picaros liberales, el Jete del Gabmete dispuso y realizó poner bonitamente en la calle, ó en la frontera- -que para el caso es lo mismo- -entregándole los pasaportes, al susodicho sir Bulwer. Marchóse el plenipotenciario con sus orejas gachas, protestando de aquel acto, que calificaba de salvaje, y jurando y perjurando que no comería á manteles hasta que la Gran Bretaña tomara cumplida venganza del atropello. i La equivocación del diplomático novelista fué notable: el Gobierno inglés, que nunca hace otra cosa que lo que le conviene, puesto que todo lo subordina siempre á lo que cree práctico, tuvo por conveniente en aquel momento histórico, tascar el freno, y, por toda represalia, usó la modestísima de despedir á nuestro representante en Londres. Pero si el Gabinete británico tomó con frescura el hecho de sir Bulwer la pren a y el pueblo, y principalmente aquélla, tomáronlo por el lado que quemaba, y á todas horas pedían una declaración de guerra á España que lavara tamaña afrenta. imts. II Visto que los consejeros de la Graciosa Soberana tenían oídos de mercader para la belicosa exigencia, los periódicos ingleses dicen que tuvieron una idea feliz, ingeniosísima, para sacar de las brasas las sardinas con mano ajena. Conociendo nuestro carácter, de puro estirado en ciertas materias, vidrioso, emprendieron una campaña feroz contra la honra de España, proponiéndose con aquélla que nosotros obligásemos á nuestro Gobierno á lo que ellos habían exigido, estérilmente, del suyo. Tal plan estrellóse contra nuestra carencia de conocimientos filológicos, llevada á extremo tal, que á duras penas sabemos nuestro propio idioma; y como no podíamos leer el inglés, mal podíamos enterarnos de aquel cúmulo de insultos con que nos obsequiaba á diario la prensa periódica de Inglaterra. Sutil en extremo el The. Times- -periódico, quizás, el de más circulación entonces en el mundo, y uno de los de más resonancia- -dicen que cayó en la cuenta de la ineficacia del procedimiento que empleaban, y afinó la puntería haciendo numerosa edición en castellano para repartirla gratis en nuestros; pueblos y ciudades; mas como nuestro gran Narváez no era lerdo, y sabía dónde le apretaba el zapato, á tiempo dicen que tuvo conocimiento de la sangrienta idea del The Times, y procuró destruirla ordenando inmediaüí í: EP. gg? Sííí tes l i aa mmm tamente á los gobernadores civiles de las provincias í: tS- 2 tí. TM a? g hgT 5 ÉA iiias i -yj: ¿Btaiaf g 1 j 1 rni. rr españolas recogieran y le remitieran cuantos ejemplares del 7 A i m s aparecieran en sus respectivas ínsulas encargo que debían aquéllos reproducir á sus subordinados, los alcaldes de los pueblos. III Serían las nueve de la noche de cierto día, cuando acababa de cenar, en compañía de su estirada consorte, el alcaide de una muy importante población de la Alpujarra. El alguacil que servía la mesa, tan pronto retiro la compota de batata, clásico y último plato entre aquellos semiárabes pobladores, en una bandeja de latón dorado ofreció á Su Señoría el correo. i i j