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794 BLANCO Y NEGRO Yo. -Contentaos con vuestra suerte; jdónde estaréis mejor que en esta plaza, rodeado por casi todos los reyes de Asturias, de León, de Navarra, de Aragón, de Castilla? Jíl Rea. ¡Valiente rodeo! ¿No ves que son reyes heclios de cualquier manera? Yo. -El juego de palabras es sangriento. JUl Reij. -Como ellos se merecen; ya ves cómo están todos, volviéndome la espalda. Yo. -Y ¿qué queréis que hagan los fundadores del imperio de Carlos V ante el gran dilapidador de sus conquistas, que se dejó escapar de entre los dedos Cataluña detrás de Portugal, y Sicilia detrás de Blandesí M Mey. -ik mí con esas? Yo soy Felipe IV, Felipe el Grande. Yo. orno el hoyo- -ya lo dijo Quevedo- -más grande cuanto más le quitan. El- Híy. -Mira, déjate de citas literarias, y dime: ¿Qué hay de teatros? ¿en qué pararon los antiguos corrales? y -Ya no los hay, pero tendremos que hacerlos más que de prisa, porque el teatro amenaza concluir en donde empezó. El Rey. -De modo que ya no hay autos sacramentalesi? r -Autos, no señor, y mucho menos sacramentales; el teatro está incapaz de sacramentos. Ahí enfrente tenéis el principal coliseo, el teatro Éeal. El Rey. -Pero allí no declaman; yo al menos no les oigo. Yo. ¿Qué han de declamar? Como que allí no hay más que ópera italiana. El Rey. lx 3, de Diosl ¡Plantarle á Felipe IV en las narices un teatro de ópera italianalEso es cosa de los Borbones, de Felipe V, de aquel endiablado Farinelli: pero yo quiero mis comedias, ¿dónde está Calderón? ¿dónde está Lope? ¿dónde está Kojas? ¿dónde está Moretó? Yo. -Acabe Vuestra ilajestad: ¿dónde está la pastora? El Rey. -Es decir, que el teatro se va por momentos. Yo. -Tanto como por momentos no diré, pero lo que es por horas, ¡ya. lo creo que se va El Rey. -Ganas me entran de darle media vuelta á mi trotón y ponerme frente á Palacio, aunque tenga que dejar la parentela á mis espaldas. y -Si no queréis esforzaros tanto, mirad á la derecha: quizá distingáis el cuartel de Alabarderos, El Rey. -lSiSO es también borbónico; ¡si fuera la Guardia Amarilla! Además, mi pasión es el teatro, ya lo sabes; ¿qué tienen que ver los Alabarderos con el teatro? Yo. ¡Ah! Señor, no sabéis de la misa la media Mirad á la izquierda. Acaso distingáis el Senado y el Ministerio de Marina. El Rey. -No me toques la marina, por Dios. Bastante me la destrozaron entonces los ingleses, los holandeses Yá propósito ¿qué hay de Flandes? Yo. ¡Buen queso, señor! El Rey. -Fexo ¡cómo! ¿En Flandes se ha empezado el queso otra vez? Yo. -No, señor; podéis estar tranquilo. El Rey. ¿Y en Francia? ¿qué hay de Francia? Yo. -Ahora están con eso del canal; El Rey. -iEl canal de Languedoc? ¿aquel de Luis XIV? Yo. -No por cierto; éstos son otros Luises. El Rey. -Y ¿aun dura la raza de aquellos cardenales? ¡aquel Eicheliu y aquel Mazarino de mis pecados! On par de cardenales que todavía me escuecen en las espaldas. Yo. -Lavigerie ha muerto hace poco; pero este Cardenal no se metía con las naciones civilizadas Mas volved ¡oh gran señor! de vuestra apoteosis; no queréis permanecer frente al Eeal, no queréis volveros á la derecha ni á la izquierda Por fuerza, entonces, tenéis que mirar hacia Palacio. El Rey. -Bueno, y ¿qué voy á ver? yo. ¡Friolera! Precisamente ahora se habla de crisis. El Rey. ¿Con qué se come eso? Yo, -Se trata de un cambio de Gobierno. El Rey. ¡Quita allá! Yo no quiero presenciar tales horrores. Yo. ¿Cómo horrores? Esa es la cosa más natural del mundo. El Rey. ¡Ahí perdona. Conmigo era de otra suerte. Cuando salia del Gobierno el Marqués de Siete Iglesias, era para ir al calabozo en derechura; cuando salía el Conde- Duque, era para llorar en Loeches las consecuencias de mi Real enfado Yo. ¡Por Dios, señor! No confundáis aquellos rigores del absolutismo con esta pastaflora constitucional. Se sale y se entra en el Gobierno, no por faltas de los de adentro ni por méritos de los de afuera, sino porque llega el turno, ¿comprende V. M. E n esto hay turnos. El Rey. -Vamos, si; como aquí enfrente, en el teatro EeaL Yo. -Una cosa parecida; por eso no hay esas crisis dramáticas que V. M. se íiguraba. El Rey. -De modo que Yo. -Todo se reduce- -como verá V. M. -á mucho rodar de coches, á mucho subir y bajar de personajes; unos juran al entrar, otros al salir, muy pocos adentro, que es de lo que se trata. El Rey. -España ha mejorado, no cabe duda. y ¿Quién sabe, señor? A muchos ministros de ahora, como á los validos de V. M. cabe aplicar aquellos versos de vuestra época: ¿Qué es lo que hacéis? -En nada discurrimos. ¿Pensáis en algún medio? -No sabemos. ¿Buscáisle en la justicia? -iío podemos. ¿Bsforiíáis la milicia? -Ko la vimos. El Reí -De todos modos, se han acabado loa Olivares. Yo. -Sí, señor; á consecuencia de las últimas heladas. El Rey. -FeTO á todo esto, aun no me has dicho el objeto de tu visita Yo. -Ya no hace falta, poderoso y alto se or, he conseguido lo que quería: echar un párrafo con V. M. conocer su pensamiento, oirle hablar un rato Era mi linico propósito, y, al lograrle, he tenido un verdadero gusto. El Rey. -El gusto ha sido mío, Felipe IV de Austria plaza de Oriente ya sabes donde tienes tu casa, digo, tu pedestal Yo. -Mil gracias, Sire, no lo gasto. Por mi parte en el diálogo, L U I S ROTO V I L L A N O V A