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MADRID MONUMENTAL LO QUE D I C E N LAS E S T A T U A S LA DE FELIPE IV To, -Católica, Sacra y Real Majestad MI Rey. ¡Hola 1 ¿Quién viene á saludarme con versos de Quevedo? To. -ün humilde admirador del d poeta de cuatro ojosi) y un rendido subdito de V. M. Como sé que á personajes de vuestra alcurnia es imposible hablarles sin traer memoriales, yo vengo a vos oh gran Philipol con los versos famosos del no menos famoso Memorial de D. Francisco. Bl Rey. -Di lo que quieras en prosa llana. Yo. ¿En prosa vil, señor? ¿Y desea que le hablen en prosa el Bey poeta? M Rey, ¡Arre allá con la poesía! ¿Crees tü que no desaparece el idealismo cuando se vive, como vivo yo, á la intempeiie, olvidado de todos, aburrido, lleno de agujetas, oyendo por toda conversación la que sostienen niñeras, soldados, municipaies y demás gente baja? ¿Crees tú que es lo mismo vivir en Palacio, rodeado de validos, pajes, ministros y cortesanos, que aguantar los temos y los tacos de la chusma? Yo. -Bazón tenéis que os sobra. Por eso, sin duda, estáis tan impacienté, picando espuelas á ese caballo que nunca acaba de dar el bote. El Rey. Y que lo digas I Daría con gusto el cetro que llevo en la mano por la penca del verdugo ó el rebenque del cómitre. Fo. -El monarca inglés daba su reino por un caballo. M Rey. Pues yo doy mi cetro por una fusta. Yo. -Pero decid, señor: ¿verdaderamente es cetro lo que empuñáis? porque yo pensé que era el canuto de la licencia. Esa banda que os cruza el pecho no parece sino la cinta del licenciado. JBl Rey. -Cetro es y muy cetro, aunque en apuros como el mío el cetro no sirve para nada. Fo. ¿Para nada, señor? M Rey. -O poco más. Un rey absoluto en estatua es un rey constitucional en persona. Yo. -Sea como queráis, pero conste que no soy yo solo quien piensa equivocadamente. Hay quien dice que lleváis en la mano un catalejo, y otros exclaman al miraros de frente: Apártate, chico, que el Rey está tirando á la barra. MI Rey. -Con razón quiero abandonar estos lugares. Yo. -y ¿á dónde iríais, señor? -El Rey. ¿A dónde? Primero á la plaza Mayor, a dar un ósculo filial á mi augusto padre, montado, segiin dicen, en una yegua normanda que, como el caballo homérico, podría contener en su vientre á todos los sitiadores de Troya. Yo. -Es verdad. ¿Y luego? M Rey. -Segviiia mis pláticas de familia yendo á visitar á mi desgraciado hijo, al pobre Carlos, que está allá en el Eetiro linfelizl cerca del estanque él, que jamás supo lo que se pescaba! lo. -Y ¿allá os quedaríais? MlRey. -íOh no por cierto; pasaría en seguida á mi palacio, al del Buen Eetlro, al teatro de mis galanteos, de mis poesías, de mis tertulias literarias, de mis aventuras amorosas; ohl si aquellos jardines hablasen Yo. ¡Ya lo creo! ¡qué jardines tan verdes! MI Rey. Aquello es un palacio, y no esto que tengo detrás. To. -Aquel palacio ya no existe, señor; el hoy lUnseo de Artillería y el Gasón del Eetiro es todo cuanto queda de vuestra época. MI Rey. -Estimo la observación. Mas hombre soy que, á querer, Volviera el palacio á hacer Desde el Museo al Casón.