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BLANCO y NKGRO 779. ¿Conque los baños de ola? -se dijo D. Paco- -pues mañana mismo me voy á Portugal, donde dicen que hay unas olas muy buenas y muy sanas. Y al día siguiente tomó el tren de Cáceres, y al otro llegaba á Figueira da Foz, instalándose en el Hotel Beal do Castella. Antes de comer se fué á la playa y tomó un baño sentado en la arena, con las piernas en cruz y la mirada fija en el anchuroso Océano. Cuando veía llegar la ola, cerraba los ojos. y se estremecía de- placei al sentirse envuelto en la espuma. -Basta, basta- -le decía el bañero. -Déjeme usted gozar- -contéltabá él. -Hfeto me da la vida. Y tan bien le sentó el baño y tal alegría le produjo, que quiso entregarse á los placeres locales, acudiendo aquella noche al teatro, donde una compañía de cómicos españoles representaba Do Juan Tenorio. El que hacía de galán era un respetable padre de familia, patizambo, con la cara llena de costurones y im lobanillo sobre el p deíí foo, que parecía un albaricoque. El papel de D. Luis Mejía estaba á cargo de un joven cargado de espaldas y algo tartamudo, que declamaba como si estuviera riñendo con su esposa. El Comendador, hombre chiquitín y obeso, tenía una pierna más larga que la otra, y á cada paso se apoyaba en los bastidores para conservar el equilibrio. El público esperaba la salida deD. Zoés, con el fundado temor de que resultase alguna estantigua contemporánea de Grimaldi. Entre los espectadores más impacie ítes figuraba D. Paco, que había obtenido una büta (3 a de primera fila y gozaba lo indecible. Sonó el timbre anunciando que iba á dar principio el acto tercero. Descorrían el telón lentamente, y D. Inés apareció en escena vertida de mamarracho. Era, en efecto, una respetable matrona con dos panecillos franceses en vez de mejillas, y un vientre monumental, apaisado. Lo primero que hizo fué colocar ambas manos encima del abdomen; después paseó su mirada escrutadora por las butacas, y lanzó un grito agudo Acto seguido se fué al fondo del escenario, cogió un taburete de pino pintado de verde que figuraba un reclinatorio, y adelantándose bástala concha del apuntador, se lo tiró á D. Paco á la cabeza. ¡Dios mío! ¡Críspulal- -gritó él apelando á la fuga. Y allí acabó la representación de Don Juan Tenorio. LUIS T A B O A D A