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BLANCO Y NEGRO 765 -De España es la sangre de sus hijos; al derramarla por ella, cumplí con mi deber. Nada tiene de extraordinaria mi conducta. Todo hombre honrado hubiera hecho lo mismo. La respuesta es digna del héroe que la dio. La grandeza de su contestación puede compararse únicamente con la de su hazaña. Contra su deseo, y ofendiendo tal vez su modestia con mi curiosidad, lo envolví en un golfo de preguntas. Entre otras muchas cosas, le pregunté las siguientes: Si habla nacido en Ceuta el 16 de Agosto de 1779, y había entrado á servir de cadete en el Fijo el 17 de igual mes de 1795. Si fué promovido á segundo subteniente el 10 de Julio de 1800, y á los seis meses de práctica como oficial en el mismo regimiento, pasó á servir al de Voluntarios del Estado, donde obtuvo el empleo de teniente el 12 de Marzo de 1807. Las preguntas son como las cerezas; las unas arrastran á las otras. No me paré, pues, en barras, y seguí preguntando: -jEs verdad que estaba usted en cama, y muy enfermo, cuando oyó las descargas de la fusilería francesa, el día 2 de ííajo, y despreciando la vida se dirigió á su cuartel de la calle Ancha de San Bernardo? Penetró usted en el Parque de Artillería con el capitán Goicoechea? ¿Presenció usted el momento épico en que Daoiz rompió la orden, entregada por el teniente Arango, mandándole no hacer causa común con el pueblo? ¿Se le confió á usted el mando de uno de los cagones enfilados á la calle de San Bernardo? ¿Había usted sido agregado al Eeal Cuerpo de Artillería en el Campo de Gibraltar? ¿Recibió usted en el brazo una grave herida, sobre la que ató un paSuelo el exento de Guardias, D. José Pacheco? ¿Volvió usted, después de herido, oon más rdor á la pelea? ¿Es cierto que, después de muerto Daoiz por los oficiales y soldados imperiales, y asesinado Velarde por uú oficial de la Guardia Noble polaca, cayó usted mortalmente herido por una bala, que entrándole por la espalda le salió por el pecho? Mudo me escuchaba el Teniente, y como ruborizado por la modestia, al oir de mis labios el relato de sus maravillosas proezas. Con su noble silencio reclamaba mi discreción, pero yo seguí preguntando: -jLe hizo á usted una primera cura un cirujano francés, y permitió el jefe extranjero de Monteleón que fuera usted llevado al cuartel y desde allí á casa de D. María Paula Variano? ¿Le. salvó á usted la vida el sabio profesor del Colegio de San Carlos, D. José Kives? ¿Fué usted recompensado con un empleo de Teniente coronel en el 4. batallón de Reales Guardias walonas? ¿Y es verdad, últimamente, que la impaciencia por pelear le anticipó á usted la muerte? ¿Murió usted en Trujillo, á 13 de Marzo de 1809? -Ha sido preciso que yo muriera, para que me dejara usted en paz, amigo mío- -replicó el teniente Euiz. ¿Quién le ha contado á usted todo eso, que es cierto efectivamente? Un escritor galano y erudito, D. Pedro A. Berenguer, que publicando estos datos biográficos de usted, ha hecho un buen servicio á la patria. -Dios se lo pague. -También ha publicado copia del testamento militar que otorgó usted en 11 de Marzo de 1809. Por cierto que hay én él un dato que proclama en voz alta la honradez que usted atesora. ¿Cuál? -El de acordarse de pagar al sastre, en la hora de la muerte. E l Teniente se sonrió, -Nosotros, los modernos, tratamos menos escrupulosamente á esos industriales. ¿Qué es eso? ¿Por qué frunce usted el ceño? ¿Se encuentra usted mal? -Hombre, francamente, estoy muy á disgusto en este sitio. ¿Porqué? -Por la vecindad. Estoy demasiado cerca del Ministerio de la Guerra. Veo y oigo algo que no me gusta, y callo porque así lo exige la disciplina. Además, el teatro circo de Parish me molesta profundamente. ¿Porqué? -En invierno abusa inconsideradamente de las operetas francesas, y ya ve usted Obligarme á oir una noche y otra la música de un país al que aborrezco con todas las fuerzas del espíritu, no es muy atento por parte de la Dirección. -Se lo diré á la Empresa, y por mi parte Se lo dije á D. Adolfo Díaz, y no me hizo caso. Como ya ha pasado un año, reproduzco la queja ante mi queridísimo amigo Luis Parish, para que contenga un poco el apetito desordenado de música extranjera que devora á D. Andrés Vidal y Llimorca. -Y aquello de Julio Ruiz, ¿qué fué, mi Teniente? -Nada, una cepita de más. Un detalle sin importancia. El Teniente habló poco, pero bueno. Sorprendióme en esto la voz de Banquells, que gritaba; ¿Vamos á ensayar? -Vamos- -grité á mi vez. Despedíme del Teniente, que volvió resignado al pedestal. Desde la puerta del teatro, dije suspirando fuertemente: Aquí la falsa gloria; allí la fama imperecedera. Aquí la mentira; la verdad allí. Aquí el vil garianzo; en ese pedestal, el laurel eterno. Honor al teniente Euiz 1 RAFAEL MARÍA LIEEN.