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MADRID MONUMENTAL LO QUE DICEN LAS ESTATUAS LA DEL TENIITE RllIZ E l año pasado, por ahora, era yo director de escena del teatro circo de Parish, situado, como ustedes saben, en la plaza del Eey. Una noche de Noviembre, no recuerdo cuál, ensayábamos después de la función, con decorado y todo, el acto primero de El M antasma de fuego, obra lírico- dramática, digna de mejor suerte. Habla yo dado permiso á Daniel Banquells y a otros artistas, para cenar en La Granadina, especie de restaurant situado en dicha plaza, donde hay un vinillo de Moriles que parte los corazones. Tardaban mis compañeros en acabar de cenar, y como la impaciencia están inquieta, yo, harto de dar paseos por el escenario, resolví pasar á La Granadina, á llamarlos personalmente. Y dicho y hecho, salí á la plaza. Ta en ella, empecé á discutir conmigo mismo acerca de la conveniencia de entrar yo en el restaurant. i Decía yo: Si entro, m e l l a n empezará aquello de Toma una almejita y una caña. -No. Anda. -Detrás de la una vendrá la otra, seguirá lo de La última y nos vamos como dice mi querido amigo Javier de Burgos, y adiós ensayo, porque amaneceremos allí. Lo más acertado será que los llame el avisador. Y así lo dispuse. A poco rato volvió López, dioiéndome: Dentro de quince minutos están ensayando; se lo aseguro á usted. Me resigné á esperar otro cuarto de hora; y como la noche estaba relativamente apacible y la luna clara, comencé á pasear por la plazuela. Á la luz de la casta diva me puse por la centésima vez á admirar la estatua del teniente Euiz, que además del profundo respeto- y la admiración que me inspira, por el héroe á quien representa, me es simpática por ser obra de un pariente mío, el famoso escultor Mariano Benlhure. ento orgullo al declararlo. ¿Se mueve la estatua- -dije para mi capote- -ó es un efecto de óptica la variación de lineas que me parece notar en la figura? Paré mientes en el fenómeno, procurando restablecer la serenidad que me iba abandonando, y con una especie de sorpresa muy parecida al miedo, vi que el heroico Teniente envainaba el sable. El miedo paraUzó mis fuerzas, y desde aquel momento el convertido en estatua fui yo; pero las cariñosas frases del señor Éuiz me restablecieron poco á poco la circulación de la sangre, y volví á imprístino estado. -Todas las noches bajo un ratito del pedestal, á dar un paseo- -dijo la estatua. -Su pariente de usted, cuyo talento admiro, me ha puesto en actitud tan movida, que me canso. Cuando va á clarear el día, me pongo en facha, y á las nueve de la mañana ya no puedo más; puede usted creerme, siento un hormiguillo desconsolador por todo el cuerpo. La pierna izquierda es la primera que se me duerme. -Claro, como que no üene más apoyo que la punta del pie. La figura resulta hermosísima- -proseguí diciendo. -Expresa admirablemente el ardor patrio de que estaba usted poseído en aquella jornada memorable que le valió la inmortalidad y el entusiasmo que comunicaba á las masas en favor de la santa independencia española.