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RECUERDOS DE VERANO IPÍCARAS A F I C I O N E S! Podrían multiplicarse los ejemplos para probar que cuando domina una afición, todo lo que se liaga por desecharla es inútil. Pero como para muestra con un botón basta, allá va uno solo. Llegaron á Roma no hace muclio tiempo dos chicos listos y guapos, artistas de corazón, que hubieran conseguido mucho más en un puerto de mar, pues allí, al par que la pintura, hubieran cultivado la afición que les hacia soñar despiertos: la pesca. Difícil comprenderlos si no se entendía el tecnicismo de tan. paciente arte; inútil llamar su atención sobre cosas que no fueran cañas, redes, anzuelos y aparejos, y atraídos sin querer, iban á sentarse á las márgenes del Tiber, donde más que peces se pescan fiebres que asesinan. Ya un día, no pudiendo sufrir más, el uno dijo al otro: -Mira, tengo tendida la caña; si pesco á un comerciante inglés que anda suelto por ahí, como un boquerón, este verano nos vamos á las playas adriáticas; y si la gente quiere comer pescado, nos lo tendrá que comprar. La esperanza fué realidad; el inglés, más rana que pez, tragó el anzuelo, se dejó coger, y abandonando pinceles y colores, emprendieron el viaje felices y contentos y llegaron á Rimini, sin pensar para nada en los Malatestas, y sin que la célebre Francesca les importara un pito. Apenas llegados, la patrona, que era de buen ver, entró. en conversación preguntando: ¿Vendrán ustedes á tomar los baños? ¡Quién piensa en eso! -contestó el rubio mientras redondeaba un corcho; y añadió el moreno: -Cosa más importante nos trae aquí. ¿Habrán venido ustedes para ver las chicas? -Las grandes y gordas nos gustan á nosotros- -replicaron ambos. -Como los observaban preocupados, yendo, viniendo, preparando cañas, cuerdas, y moviendo unas cajas de lata que llevaban, la curiosidad que despertaron fué grande. El primer día inspeccionaron el terreno; bajaron á la playa, estuvieron en el establecimiento balneario, escudriñándolo todo, y al fin acordaron establecerse á la sombra del piso, tomando asiento lo más cómodamente en los maderos de la armadura. Mirando hacia arriba verían el cielo y las muchachas bonitas que acudirían á verlos como si fueran cosa rara, y lo eran en efecto.