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748 BLANCO Y NEGRO podamos espantarla; ó nos precede, burlando completamente nuestra persecución; silenciosa y tenaz, allí se detiene donde nos detenemos, y acelera el paso como le aceleramos, y se borra cuando nosotros nos borramos también. Contra la opinión que niega que cada individuo tiene su sombra mejor ó peor, está la demostración práctica. La sombra de Castelar, por ejemplo, no puede servir para Pidal. E a la sombra ha algo de indefinido, de fantástico. Como que hay quien se recrea viéndose ea la sombra Observen ustedes inia contradicción aparente en la sombra. Cuando la perseguimos en campo abierto, huye de nosotros; si nos dirigimos á ella en una habitación, nos sale al encuentro. Este año en el veraneo conocí á una familia en un pueblo de la costa cantábrica. Tenían un niño precioso de cuatro años poco más, y un perro mastín, joven, grande y juguetón. El niño no quería que se separase de él el perro, y el perro seguía al niño á todas partes. Generalmente los perros siempre distinguen á los niños. I os hallan más nobles que á las personas mayores. El niño y el perro pasaban el día jugando. Alguna vez los vi sentados en el dintel de la puerta de la casa, y al sol. El niño contemplaba en su sombra cómo se reproducían cabello por cabello sus negras y rizosas melenas. Aquella figura con tanta luz era vin estudio admirable de dibujo y color. El conjunto del niño y el perro, en la sombra, un cuadro completo en blanco y negro, ó un carbón magistral. Recuerdo que uno de los días, al pasar yo por su lado, preguntaba el nene á la sombra: ¿Conoces tú á Patowíof ¿Quién es Palomo? A lo cual parecía contestar el perro, aludido por su amo, lamiéndole orejas y cara, lo cual excitaba la risa del chiquitín, y entre gruñendo y cantando, como si dijera en su idioma y cariñosamente: -Ei perro soy yo. ¿Para qué lo preguntas, tunante? Pasó algún tiempo, y noté un día la falta del animal. ¿Qué ha sido de Palomo, que no está con su amigo? -pregunté. -Pues que le mordió un perro que pasó por el pueblo. Dijeron que estaba rabioso, y hubo que matar al pobre Palomo. ¿Lo habrá sentido el niño? ¡Calle usted! -respondió enternecida la madre. -Mi hijo no ha vuelto á levantar cabeza desde que le mataron á su Palomo. Y asi fué, que no tardó el niño en morir de pena. Le faltaba aquel amigo leal é inteligente. Su Palomo. ¡Cuánto le recordó durante su enfermedad! Con sus manitas formaba una figura cuya sombra en la pared era la de la cabeza de un perro mastín. -Así, asi era mi perro- -decía, ¿verdad, mamá? Y aquella preciosa cabecita, tan correcta, dejó para siempre de proyectarse en las paredes del que hasta entonces había sido nido de amor. La verdadera sombra de aquel cuerpo inanimado pudiera encontrarse durante algunos años en el fondo del corazón de su madre. EDUARDO DE PALACIO.