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LA MADRE DE LA TIPLE Es una señora metida en carnes, y con el entrecejo muy poblado, que manda en jefe en su domicilio y fuera de él, y no se separa nunca de su hija. Cuando llego á Madrid, acompañando á la niña, usaba mantón y pañuelo á la cabeza; después, y en vista de los ruegos reiterados de la chica, adoptó el velo como prenda de lujo; hoy gasta capota y manteleta de azabaches y mitones de La niña no acepta contrato alguno sin la aquiescencia de la mamá. Antes de nada hay que consultar el asunto con la buena señora, que empieza por decir al empresario: -Miste; á mi niña lo que le sobran son proporciones; de manera, que nos iremos con usted, siempre y cuando que no haiga más tiple que ella, porque es tiple asoluta. -Perfectamente. -Y ya sabe usted las condiciones; quince duros diarios, pero hay que decir á to el mundo que gana veinte. Además, un menefido libre y el brasero joa ella sola. ¿Qué brasero? -EL que se pone en los ensayos. Quiere un brasero de su propiedad, porque no le gusta alternar con las segundas tiples, que toas son unas envidiosas y unas sinvergüenzas. La mamá de la tiple se impone á la Empresa y á todo el mundo. Entra un autor en el cuarto de la artista diciendo: -Gabrielita: le he escrito á usted un papel precioso en una obra que leeré mañana á la Empresa. -Gracias- -dice la artista. Y añade la mamá: -Bueno, ¿pero qué papel es ese? Porque minina no quiere salir de chula, ni de pastora, ni de paja. Ya estamos cansas de esas cosas. Lo que ahora le conviene es un papel de señora, para que el público vea que lo sabe hacer todo. Lo primero que se necesita para conseguir el apoyo de la mamá, es halagar su orgullo, elogiando sus dotes de belleza y su amor propio de artista madre. ¡Ay, doña Eleuteria, qué ojos más bonitos ha debido usted tener! ¡Ay, doña Eleuteria, qué artista más grande ha echado usted á este mundo! ¡Ay, doña Eleuteria, qué paladar tiene usted tan delicado! Yo he llegado á ser amigo de la mamá de una tiple, porque supe conmoverla con mis elogios, y acabó por nombrarme su abogado consultor y por decir de mí que era de las pocas personas decentes que pisaban el teatro. -Averigüe usted quién es un joven moreno que se sienta en un palco bajo de la izquierda- -me decía. -Ayer le escribió una carta á mi niña, declarándose. Claro que yo no me molestaba en hacer averiguaciones respecto del joven del palco, pero en mi deseo de ser agradable, le decía á la mamá misteriosamente: -Tengo las noticias que usted desea. Es un chico de Málaga. ¿Casado? -Sí, señora. Casado en segundas nupcias. ¡Qué bribón! ¿Rico? -No, señora; no tiene más que un caballo y dos guitarras, pero vive bien, porque le mantiene un canónigo. ¿Y qué ha hecho de su segunda mujer? -No se sabe. Créese que la tiene encerrada en el cuarto de los baúles. Desde aquel momento á la tiple se le prohibía terminantemente qué recibiera los obsequios del joven, y la mamá no cesaba de decirme: -Le estoy á usted muy agradecida por el aviso.