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728 BLANCO Y NEGRO baiba larga y rizada, de ojos grandes y habladores, de arrogante estatura, majestuoso en el andar y persuasivo en su palabra cuentan que le decían sus compañeros: -Hermano Caranohón, su paternidal ha nacido más bien para cortesano que para fraile. Las damas valencianas tomaban su confesonario por asalto, porque declan que era muy dulce en la amonestación é indulgente con los grandes pecados, y que las penitencias que imponía eran suaves y cortas. Era, en fin, el P. Benito, como vulgarmente se dice, un fraile de manga ancha. Los valencianos le miraban con respeto y con cierta recelosa prevención, especialmente los maridos, porque el nombre del P. Oaranchón se repetía demasiado en el hogar por la mañana, á la hora de comer, al toque de oraciones, al de ánimas y hasta en el lecho marital. El guardián, que tenia motivos para saber que Fr. Benito era provocador indiscreto de ciertas desazones domésticas, quiso evitarlas de una manera diplomática, y por eso le escogió para que peregrinase por los pueblos en son de mendicante. Al notar el guardián la repugnancia de su subordina; lo, cuenta la crónica conventual que he registrado, que le dijo estas palabras: -La absoluta obediencia es la primera condición de nuestro instituto. Le mando mendigar por los pueblos porque es apañado para pedir con provecho de la comunidad, y tomará bien racionado, y de esta manera no visitará ciertas casas donde le invitan á cantar canciones profanas y á puntear su guitarra, cuyo donaire palmotean niñas desenvueltas, cuyos padres me han dado sus quejas. Kl relato del superior no carecía de verdal, y Fr. Benito inclinó la cabeza en señal de obediencia y sumisión. Colgó al hombro sus alforjas, se despidió de sus hermaaos y emprendió su santa peregrinación, llevando en su manga la licencia correspondiente de su superior para mendigar por las eras, campos, villas y pueblos. Se necesitaba un don especial en el mendicante para que su santa misión tuviera buen resultado, porque los pueblos, aun cuando eran inclinados al socorro, los labradores y los hacendados estaban ya fatigados de dar limosnas á los frailes, porque los apuraba el diezmo, sobre todo en tiempos de malas cosechas. íSin embargo, el P. Benito eia seductor en la demanda, y la ejercía con mayor éxito cuando hablaba con las mujeres con acento humilde y candoroso, acompañado de miradas tan tiernas como seductoras. Acertó á entrar una mañana en la ciudad de Orihuela, y aunque un tanto encorvado por el cansancio del camino, se incorporó al ver á la puerta de una casa una joven de tez morena y ojos rasgados, que reprendía á una criada porque no sacudía á su gusto el polvo de sus ventanas. Él padre Benito encontró motivo propicio para la plática, y dijo á la enojada hermosura: -Iilal se aviene el desentono de la ira con esa cara, que el pincel más diestro escogiera para representar la imagen de una de nuestras más santas dolorosas. Debieron sonar bien estas palabras en los oídos de la interpelada, porque plegó sus labios para sonreír, y hasta se adelantó para besar la mauo al fraile; pero éste, que conoció la intención, en vez de darle su mano, le presentó el nudo del cordel que oprimía su cintura, diciendo; -Bese, hermana, el cordel, que la mano del penitente viene sucia y empolvada del viaje, y esos labios son demasiado purpurinos para dejarlos empañar con la sofocada piel del caminante. Obedeció la moza, y compadecida del santo varón, dijo á la criada: -Arrimaá la ventana de la sala el sillón de cuero de mi marido, porque su paternidad viene cansado y necesitará reposo. -Es la primera limosna que recibo al entiar en esta población- -dijo el padre. Fray Benito soltó sus alforjas, sentóse en el sillón que se le había ofrecido, y después de una breve plática almorzó el reverendo carne asada salpicada con limón y un trago de vino. Observó el P. Benito pendiente de un clavo una guitarra, y no pudo disimular su afición al instrumento, y preguntó: ¿Es la hermana la que puntea? -No, padre- -repuso Dolores, oue asi se llamaba la joven. -Mi marido es el que toca la guitarra. Enteróse el padre que el marido, Javier Caturla, estaba aumente, lejos de Orihuela. Que Dolores y Javier eran recién casados, y que disfrutaban todavía las dulzuras de ía luna de miel. Quiso el padre reponerse de la fatiga del viaje y pidió posada, primero para sestear, y más adelante para pernoctar, todo lo cual le concedió Dolores, previo el asentimiento de las vecinas, á las cuales había consultado. El padre, que se encontró tan bien asistido, olvidó por completo el ejercicio de sus cuestaciones, con tanta más razón, cuanto que no solamente Dolores, sino las vecinas, se apresuraron á besar el cordel de su paternidad, que envalentonado por los agasajos- -que el padre llamaba limosnas- -del concurso femenino, fué paulatinamente desprendiéndose de su gravedad sacerdotal, y comenzó á manifestarse profano con indirectas y bromas intencionadas que provocaron las carcajadas de las zagalas. Dijo que punteaba la guitarra, y las mozas descolgaron la que pendía del clavo, y fué de ver la desenvoltura y buen amaño con que Fr, Benito rascó las cuerdas y la animación con que las mozas danzaban al compás de la vihuela y de las coplitasque el fraile entonaba. Se enteraron los mozos del jaleo, y acudieron á amenizar el jolgorio; pero enterado el Alcalde Mayor, que lo era á la sazón D. José Caturla, padre del marido ausente, y sabiendo que el mendicante iba á pernoctar en la casa, colgó la capa en sus hombros, empuñó su larga vara, se coló el sombrero de tres picos, y se encaminó á casa de su nuera seguido de dos alguaciles. Interrumpióse la fiesta con la llegada del Alcalde Mayor, el cual, aprovechándose del silencio de la concurrencia, se dirigió al P. Benito con las siguientes palabras: -Eepresento al Key nuestro señor D. Carlos IV, y en su nombre le pido al alegre capuchino muestre su licencia para mendigar. Obedeció el fraile más arrogante que sumiso; el Alcalde leyó el documento detenidamente, y añadió: Ahora mando al buen capuchino que recoja sus alforjas, y diga qué convento de la ciudad elige para pernoctar, porque, según cédula Real, no puede su paternidad dormir en casa particular. El capuchino quería resistirse; pero el Alcalde Mayor, Sr. Caturla, increpó al fraile con aspereza, y no queriendo éste tomar posada en convento, le condujo á la casa de un cura párroco, donde pasó la noche tranquilo, pero apesadumbrado por la interrupción de la fiesta. Ocioso seria decir que D. José Caturla amonestó á la nuera; pero el mendicante tuvo que ausentarse de la ciudad muy de mañana para hacer sus cuestaciones en otra parte donde no fuera objeto de la más irreverente murmuración. ILDBFOSSO ANTONIO