Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
UNA. TONTERÍA (EPISODIO DE LA GUERRA CARLISTA. Estaban irremisiblemente perdidos si no lograban reunirse al grueso del ejército, que se hallaba á diez leguas de distancia. Un puñado de valientes- -cincuenta hombres y tres oficiales- era lo único que restaba de la bizarra columna, deshecha y aniquilada, tras sangriento combate, por las fuerzas carlistas. Llevaban tres días de penoso caminar por terreno quebrado y pedregoso, sin apenas probar bocado y siempre en continua zozobra, temiendo que el enemigo los copase. Habían llegado al punto donde el camino se cortaba por una profunda sima, sólo franqueable por un puentecillo de madera carcomida, cuando apenas si podían tirar de sus cuerpos; cuando sus miembros, fatigados y doloridos, pedían descanso y sosiego. Para rej) onerse un poco, decidieron acampar á dos pasos del puentecillo, en una plazoleta enclavada entre altas rocas, que los ocultaban á la vista del enemigo. Formaban un cuadro pintoresco, de tonos vivos. Reunidos en grupos de tres ó cuatro, haraposos, llenos de fango, curtidos sus rostros por el sol y ennegrecidos por el humo de la pólvora, destacando el rojo de sus pantalones, el azul de sas capotes y el blanco de las fundas de sus roses del gris pizarroso uniforme de las montañas que los rodeaban y del no menos agrisado del cielo, era un cuadro digno de ser reproducido per el pincel de Meissonier. y Los oficiales, reunidos en grupo separado, deliberaban. Los soldados comían ávidamente grandes pedazos ie pan duro y negro, de ese pan llamado de munición, único alimento de que disponían, sazonando tan frugal banquete con las cúchuíletas y chistes algo picantes de algún que otro mozalbete, que despuntaba porlo dicharachero y gracioso; Sólo un soldado vagaba triste y solo de un lado para otro. Era el tonto, el bufón de la soldadesca, Josetllo el deCoriaj nri imbécil que no sé. cómo llegó á jurara la- enseña gloriosa de la patria, ¿Quería alguien descargar su furia? Pues allí estaba él para recibir los insultos y los golpes, sin que su rostro dejase de revelar impavidez de imbécil, ni sus espaldas se resintieran. ¿Había buen humor, ganas ie matar el tiempo riendo un rato? Pues también estaba Joseillo allí para qué lé tiznasen el rostro, le pusieran hecho un- adefesio, ó le dijesen cuantos ánsúltos y desvergüenzas se les antojasen. Todo esto, y mucho más, VtT v lo aguantaba con resignación. Nunca se le oyó quejarse, ni empleó para sus contestaciones más vocablos que los monosílabos. l í o halló jamás defensor alguno de su causa. Todos los compañeros de servicio lo trataban con la misma dureza ó con el misníio