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BLANCO Y NEGRO 685 No fui ingrato como tú, Ervígio, que destronaste infamemente al buen Wamba. No hice desgraciado 4 mi padre, amigo Sancho I V olvidando su autoridad. Por cierto, que te atribuyen la frase célebre dirigida á los moros, de que tenias para ellos el pan en una mano y el palo en la otra, y no sé si sabrás que es máxima de gobierno de muchos partidos políticos, con la circunstancia de que la mayoría se come el pan y esgrime demasiado el palo. Nada te digo, Enrique I I tus remordimientos te salen á la cara, y coi- roen el granito como debieron destrozarte el corazón. En cuanto á ti, buen Teodoredo, ilustre contemporáneo de San Agustín, nada te digo; pereciste en los campos cataláuhicos combatiendo á. Atila, y mucho temo que los pequeños Atilas que apedrean á Valles, el Divino, y al gran Servet, á las puertas del Museo creado por mi amado amigo Pedro Velasco, se atrevan también con nosotros. No tienen ellos la culpa; los niños reflejan en sus juegos las costumbres y la cultura del pueblo en que nacen, muestran en sus instintos é infantiles maldades, las ocultas infamias de sus padres, de igual modo que en lo físico heredan sus lacras y enfermedades. ¡Cuánto los quise y cuánto los quiero! Por ellos combatí la estúpida frase teta y gloria, con la cual se enviaban centenares de angelitos... al cielo. Hoy observo que se repite el dístico que uno de mis leales amigos grabó sobre este sencillo monumento: Meiícación sencilla, amor materno, Devuelven la salud al niño enfermo. Y así es, pese á quien pese. En estas palabras se demuestra cuan digno de guerra sin cuartel es el charlatanismo que todavía impera, y cuan necesaria es la presencia de una madre inteligente, á la cabecera de un enfermito. Cuando falta aquélla, es deber de la sociedad convertir en materna la fila ntropia oficial, utilitarista, fría, henchida de egoístas distingos. ¡Bendito sea el que hace el bien á todos y por todos se sacrifica! No me digáis, una vez más, que mi monumento es pobre. Lo han construido corazones opulentos de sentimiento, y yo debo repetiros que soy tan feliz ahora, como lo fui en vida, rodeado de una esposa aniantísima y de hijos dignos de mi nonibre. Bien hicieron los que no rne dejaron libres pies y manos como á vosotros; capaz era de haber bajado muchas veces desde mi pedestal para recoger un chiquillo en el suelo, dan o de paso un recorrido á mág de una de esas amas pérfidas que matan de hambre á sus hijos postizos, ó para explicar lecciones de pedíigogía á ciertos padres descuidados que conozco demasiado bien. Pero ¿quién habla? ¡Ah, Son los niños que se quedaron rezagados, uno por falta de vigilancia, otro por falta dé hogar. El niño mal cuidado Hora, y la pobrecilla abandonada, que duerme por las noches en la fuente, le consuela, No es tonta la chiquilla Le propone dedicarse á pedir, brindándole con los deleites de la vida nómada. El marinerillo la enseña una peseta y se la ofrece. La chica tiene á un tiempo miedo y deseos de tomarla; tampoco es tonto el mocito. Dice que se la dará si le lleva á su casa Se van ¡Adiós! El guarda los ha visto y se incauta de la peseta y de los chiquillos Se alejan todos juntos. El niño dormirá en su camita, la niña en alguna prevención ¡Pobres niños! (Un rocío fino humedece las plantas. La luna queda velada unos instantes por una nube. Enmudece el busto, y parece que por su rostro corre abundante llanto. MANUEL DÉ: TOLOSA L A T O Ü R