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676 BLANCO Y NEGRO Los salones eran modelos de buen gusto. Particularmente el de retratos donde conservaba la viuda todos los de su familia, y entre ellos los de sus insignes antecesores, hasta la época bíblica. Algunos, por consiguiente, estaban representados en carnes, con hoja de parra. Otros cargados de hierro, con visera calada, de suerte que podía un tanto dudarse del parecido; porque lo mismo pudiera encerrarse en la armadura un Hita y Churrundegui del Carpió y Coromandel, que el Chuchi, lancero de la época moderna. Los antecesores de la viuda, correspondientes á nuestra edad, vestían de luto riguroso, y no dejaban ver al espectador más que las manos y las caras. Parecía que los cadáveres correspondientes asomaban unas y otras por agujeros del tabique. ¡Pobrecitos! -exclamaba involuntariamente el que visitaba el salón de retratos. ¡Tenerlos ahí Como en cepo chinesco! ¡Clavados en la pared como parientes ó como pesetas falsas! -observaba otro. Las reuniones quincenales se verificaban en el salón verde. El papel que cubría las paredes, las sillas y banquetas todo era verde; hasta una de las dos chicas de la casa. Un piano de cola era el instrumento de martirio para los concurrentes. Cuando vi por primera vez á la hija mayor de la viuda, pregunté á un amigo: ¿Hay concierto vocal? ¿Por qué? -me interrogó mi amigo. -Porque con una boca como la de esa joyen, todo tiene que ser aquí vocal ó brocal. Aquella muchacha era una sensitiva, aunque pareciera una boca de la Isla. En oyendo las primeras escalas del piano, rompía á llorar como una Magdalena, mejorando. Lo mismo que algunos perros en cuanto oyen música. En opinión de un amigo mío ffque va para perro eso no es más que el vago recuerdo de otra encarnación. Los que sostienen que la música es un lenguaje inteligible, no están en lo cierto. La prueba es la diversidad de afectos que despierta en el auditorio. He conocido á una señorita que, en oyendo cantar seguidillas, sufría un síncope, ó más, si hacía falta. Todo esto, porque su novio era manchego. Cuando volvía en si, ó en su novio, preguntaba trabajosamente: ¿Y Roque? Roque era el amante. Y tenían que responderla: -Ha venido esta mañana de Miguelturra. Y le llamaban, y acudía el chico, y volvía á la realidad de la vida la infeliz. ¡Pobre padre! ¡Cuánto sufría con su hija y con su esposa! Porque con ésta le ocurría lo mismo; que también se enternecía y llamaba en el delirio, y cuando veía delante á su primo, volvía á la familia. Y, sin embargo, las seguidillas alegran á la mayoría de las gentes. En cambio, á la otra hija de Casildo y su viuda,