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OE supuesto que de todo lo que me sucede, me tengo yo la culpa. ¡Si yo no fuera un calzonazos! ¡Si, cuando llega el verano, sacara- yo por la noche á mi fainilia lallevara á la Puerta del Sol con engaílós, y, al pasar junto al pilón, ¡pum! la zambullera dentro, conseguiría qu se atracaran de hidroterapia! Pero soy déhil. En cuanto llega Mayo, ya empieza mi mujer á decirme: -Celedonio, que hay que pensar en la expedición veraniega. ¡Pero, Bnperta? ¡N a d a l ¡Badal Ya sabes que el- yerano. que no voy á baños, me Heno de granos en cuanto asomaOctúbre. T- Pero, mujer, ¿y no es preferible que te- salgan granos, á quese te queden dentro? -Es que atemperando la sangre no se quedan dentro y no salen fuera. -Además, no tengo dinero. -Por eso te lo digo con tiempo, para que puedas ir haciendo economías. ¡líconomías I- -Sí, señor; y además pides una paga anticipada en la oficina; y, en último resultado, se lleva algo al Monte. -Como no te lleve á tí y te deje atada á ün árbol, corao dejaron á las chicas del Cid- menos que mi salud te sea indiferentel... Bnifc; cpe nos hemos pasado la primavera en un continuo 3 yun Afinorzábamos- paa y agua, comíamos Sopa, cocido y carne escasa, para cenar apagábamos la luz, y ¡á la cama! El cuerpo es á lo que se aoostiim ra) ft decía Ruperta. Ello es que al llegar el mes de Julio, más Heiiíítue agaas lo qué pedían nuestros cuerpos eran chuletas. Pero teníamos unos cnartejós reunidos; Se recosió la ropa, zurcido acá y allá; se dio á teñir mi sombrero hongo, que era de color de ceniza y me le devolvieron dé color de cecina; se compuso el baúl, que estaba más desvencijado que nuestros estómagos, y me echó por esos mundos en busca de billetes gratuitos para el ferrocarril, ó más económicos, si era posible. ¡Hombre! Usted, que está en la estación del Norte, ¿no me podría proporcionar unos billetes para mi mujer dos chicos y yo í- Ay, hijo mío! ¡eso está muy malo 1- -Más mala está mi mujer. -Pues el otro día la encontré en la calle, y bien gorda y bien sana iba! -Estaría sofocada. Ya ve V. cuando la han recetado baños de ola- -J? ue 3, hijo, lo que es billetes... pídame V, sangre de mis venas. ¡Bueno está eso de los billetes I. -Yo sé que si V. quiere. E n fin, que, por más que molesté y rogué mis amigos: no conseguí otía cosa que unos cuantos desaires, y tuve que apelar á los billetes de ida y vuelta. Estos billetes son muy ventajosos para las empresas, porque son muchos los que van y luego üo vuelven. Témanlos los billetes, se hizo el equipaje, se recomendó á la portara mucho cuidado, y sobre todo que no se olvidará de decir á los amigos que fueran á vernos qué estábamos de veraneo. -Dice V. -exelainó Euperta- -que no dejaínos las señas porque no sabemos dónde iremos á parar (én esto tenia ra zón) primero nosbañaremos en San Sebastián; luego, si no hay cólera, pasaremos la frontera, porque unos amigos nos llaman con insistencia desde Biarritz. Ya, ¿quién está en Biarritz que no va á París? ¿Y quién está en París- -dije yo- -que no va á saludar á la reina Victoria, que es visita de casa? ¡Qué diría de nosotros! Nos encajamos, pues, en la estación del Norte mi mujer, mis dos chicos, yo, un botijo, una cesta, tres almohadas, dos baúles... vamos, ¡lá mar! Llegamos á una. estación... ¡no sé dónde I; mi mujer me dijo no sequé. Yo. Pero, Euperta, ¡si no hay tiempo! SKa. -Sí que hay tiempo Ye. Que no le hay! SUla. -Ha dicho: Seis minutos. Yo. -Pues yo hs e n t d i d o Seis muy brutos. Se apea, y a p e n a s í p a en una c etita de madera que había en la estación, r a una caimana, una trompeta