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658 BLANCO Y NÉGÉC Pero A la infortunada árchidaquesai por su nacimiento y por su posición, reservábale el destino una corona más codiciada, más briUante qne la del artista, y ocho años después, el Daque de Choiseul, Ministro de Luis XV, pidió solemnemente su mano para el Delfín de Francia, nae mis tarde llevó el norabre de Luis X. VÍ. En 1770 celebráronse las bodas con gran pompa y festejos oficiales, que contrastaron con la frialdad de la misma Familia Real y de la corte, con el pesar mal disimulado del poderoso partido antiaustriaco y con la falta de entusiasmo del pueblo, que por un fatal y desdichado accidente, dejóse arrastrar por la superstición, haciendo los más tristes augurios. TJUÍS XV, quiso dar en aquella ocasión muestras del lujo, de la magnificencia, del despilfarro, que fueron las notas dominantes de su corte y de la de su padre, en que él se educó, y sin repararen la pobreza del Tesoro, dispuso fiestas ostentosas, -á las que destinó 20 millones de francos- -y que simultáneamente se celebraron en Versalles y en París. Estas últimas terminaron de un modo trágico y terrible. Un gran castillo de fuegos artificiales que habían levantado en la plaza de Luis XV, ocupada por una multitud inmensa, inflamóse repentinamente y sin saber cómo. Se espantaron los caballos de un gran número de coches que habla en la plaza, y corrieron desbocados en todas direcciones, atrepellando á cuantos hallaban al paso; una estensa gradería de madera, ocupada ya por más personas que las que podía resistir, fué asaltada por los que huían aterrados, y se hundió con grande estrépito, aumentado por los truenos del castillo, por los gritos de los que, espantados corrían de un lado para otro, por las voces de los que llamaban á los que se habían extraviado en la confusión, y por los ayes lastimeros de los heridos. 132 cadáveres y más de 1.200 heridos resultaron de aquella catástrofe. Por singular coincidencia, los muertos en Jornada tan fúnebre fueron enterrados en el cementerio de la Magdalena, en el mismo sitio designado por la Convención Nacional, veinte años después, para sepultura de la Familia Eeal. r f Luis XV murió el 10 de Mayo de 1774, y María Antonieta fué Peina de Francia. Aquella Archiduquesa que Mozart prefirió porque era buena siempre conservó su corazón bondadoso y noble. Apenas subió al trono renunció al lerecho conocido con el nombre décintwrón de la J 2 e M, contribución que pesaba exclusivamente sóbrelos pobres: en un invierno crudísimo visitó á pie los barrios más miserables repartió muchas limosnas y envió. 500 luises de su bolsillo particular para socorro á los más necesitados, diciendo: Nunca empleé mi dinero de modo mis agradable. Los parisienses, agradecidos, levantaron en la calle de San Honorato una pirámide de nieve, donde estaban representados su- retrato y el del Bey, con estos versos escritos al pie: Reine dont la hoiui surpasse les appas. Si ce mmument fréle estde netge ou de gtace Prés d un Roi bknfaisant oecupe ici la place ifos cosurs four toi ne le sont pos. (Setna cuya bondad supera d los encantos, está al lado de un Rey benéfico; si este mcnumenio deleznable es de nieve ó de hielo nuestros corazones no lo son para ti. Sin ernbárgo, pocos días después de subir al trono circulaba por Versalles, entre los cortesanos, una caución que comenzaba así: Petüe Reine de- Hngt ans Qíii traitez si mal les gens, Yous repasserez la barriere (R nnécUla de vein e años que Iraídis toa mal i las gentes, volveréis d pasar la frontera etc. Bl pueblo, supersticioso, apasionado, ignorante, pero siempre honrado y bueno en el fondo, á pesar de su prevención, ya se rendía ante la bondad, de la Reina. Los nobles, los cortesanos, la zaherían y aun la amenazaban con el destronamiento. Y todo, jpor qué? Porque María Antonieta, que tenia un carácter jovial y era opuesta á la vida ceremoniosa de la corte francesa, se había reído de la triste figv, ra de las viuj das Mmes. de Marsau y de Noailles, á la que ella había puesto el mote de Madama Etiqueta. De la corte salieron todas las hablillas todas Y las injurias, que, al fin, hicieron creer al pueblo que la Reina era una mujer desenfrenada, esposa infiel, y traidora á la Francia, y el pueblo que conocía los escándalos de los reinados anteriores y veía nacer en la misma corte los rumores injuriosos, no tardó en convertir su afectó á la Reina bondadosa en odio á la mujer que se le presentaba como despreciable, y á la extranjera que se le indicaba como enemiga de la Francia. Ellos formaron la tempestad, y caando estalló, acusaron al pueblo de feroz, de criminal y de sanguinario. B; l celebérrimo proceso del Collar de la Beiita, asunto en que por el engaño de la intrigante Mme. de La Motte al imbécil y libertino Cardenal de Roban, sé vio gravemente comprometido el nombre de María Antonieta; las calumnias que el despecho inspiraba á los que no eran invitados- á las fiestas espléndidas que la Reina daba á sus íntimos en el pequeño Trianón, y que aquéllos llamaban urtiias monstruosaslos liljelós que pof todas partes clandestinamente circulaban contra la Austríaca, recogiendo todos los rumores infamantes que sembraba el odio, recogía la malignidad de una Corte ociosa, y esparcía por toda Francia la causticidad de escritores desconocidos; la creencia de que la Eeiila influía en él ánimo de su marido para que opusiera el veto á los acuerdos liberales de la Asamblea, por lo que la apodaron Madama Vetor; la miseria general que se estendió por toda la nación, consecuencia de las anteriores dilapidaciones y precursora del hambre que no tardó én llegar... fueron, entreoirás muchas causas que seria prolijo enumerar, as principales que, al fin, hicieron estallar la revoláción Eldfa 21- de Septiembre de 1792 rodó la monarquía, y. el pueblo proclamó la república. Cuanto más tiempo y más fuertemeote está oprimida la, pólvora, más grandes son los estragos. Al desentreno de los de arriba, no era extraño que sucediera el desenfreno de los de abajo Ei 21 tde Enero de 1793, la guillotina cortó la cabeza de Luis XVI, y la embriaguez y el extravio que produjo el periodo del Terror, pedian á cada- momento víctimas para saciar la sed de sangre. El pueblo francés, como cirujano indocto, veía el cáncer que devoraba la nación qneria éxtirparlo aun á costa de operación cruentísima; pero torpe, y desatinado, presa de vértigo terrible y cegado por la más deplorable ofuscación, destrozó sin piedad, á la vez que los miembros corrompidos, muchos sanos, llegando en su delirio á herirse él mismo. Ya- en 27 de Octubre de 1792, Merlin fué el primero que pidióse ordenase al acusador publico la denuncia de la ex Reina ante el Jurado; en el número de BLANCO T NEGRO correspondiente al 27 de Marzo, dimos noticia de las dos proposiciones que con el mismo objeto presentó V Robí! s ierre, de! quieu, no obstante, dice Lamartine en su Historia de los Girondinos, que él, tan encarnizado contra el Rey, hubiera querido preservar á la Séina y en nuestro número del 3 de Julio, narramos también, entre otros sucesos referentes á María Antonieta, el momento ap lórosisimo de separarla de su hijo, el ex Delfín. Desde aquel instante ya no hubo día dichoso, consuelo ni esperanza para ella. Algunas arriesgadas tentativas que hicieron sus partidaiios para salvarla, sólo sirvieron para agravar su situación. Fué trasladada á un calabozo húmedo é infecto de la Conserjería, se la privó hasta de lo más necesario; á obscuras tenía que recoser sus medias y sus vestidos, para no aparecer desnuda ante sus carceleros, y todo el que se hacía sospechoso del crimen de humanidad hacia la Reina, era preso inmediatamente. La suerte de María Antonieta, que el capricho délos acontecimientos había ligado á la de los Girondinos, faé decidida en la sesión de lá- Convención Nacional el 3 de Octub; e. Su condenación quedó convenida, á la vez que la de los vencedores del 10 de Agosto. No rnos es posible extendernos dando noticias de las sesiones del Tribunal revolucionario, ante el que compareció, y qae duraron dos días terminando á las cuatro de la madrugada del 16 de Octubre, con la sentencia de muerte pronunciada contra ella, sentencia que oyó con menos pesaríy- menos indignación que las infamias dichas por los acusadores y testigos. El que desee conocer lo ocurrido en aquellas sesiones en que el odí y la TÍllánía acumularon cuanto podía ofender a l a Reina, á la mujer y á la madre, pueden ICCT JSl x roceso de la reiría Mario, Anto íeía ¿publicado por G. Chaix D Est- Ange. Al f olver á la prisión se arrojó sobre el lecho. Sus fuerzas físicas, abatidas por una hemorragia continua, no secundaban su valor. Á las siete vistió una bata de piqué blanco, tomó una taza de chocolate y cortó por si misma sus cabellos. Á las once y cuarto salió de la prisión y subió en la- carretá que había de conducirla al suplicio. El- aut ir del Díiinial de la Iteroliithm, que ya en otras ocasiones hemos citado, dice que en los últimos momentos le faltaron el valor y lasfuferzaSj- siendo preciso llevarla en bi- azos A la plancha de la guillotina; pero el ciudadano Roay. autor de El Márfioo repiMleano. testigo- de la e. eouci in, y- el mismo Diario Ofieial del Trihimal re- cnlaeiomirio, lo desmieuien. El primero dice que ni un momento perdió su aspecto y aire altivos, y que ella m ma se quitó la gorra blancí con cinta negra que llevaba pue. -ta; el segando afirma que no le faltó el valor ni un instante sólo al llegar á la plaza de la Revolución y volver los ojos hacia el Jardín Nacional (Las Tullerias) teatro de sus perdidas grandezas y venturas, notóse en ella ligerisima y pronto dominada emoción. It- María Autonieta, al morir, justificó una vea más la opinión que tuvo de ella Mirabeau, expresada en esta ingeniosísima frase: El Rey no -tieae á su lado más que un hombre: su mujer. XBLLO TÉLLBZ,