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COLÓN ANTE EL CONSEJO DE SALAMANCA (CUADRO DE B A R A B I N O ALTO de recursos, extranjero, pobremente vestido, y sin otra recomendación que la de un fraile franciscano, no era fácil que Colón se hiciera escuchar de una corte, por otra parte, embargada toda en las atenciones de uña guerra viva con los moros. No es en medio del bullicio y de la movilidad donde se puede hacer comprender los pensamientos grandes y nuevos. Sin embargo, no desmayaron ni Colón ni su protector el P. Marchena. Tuvieron paciencia y esperaron ocasión más propicia. Logró al fin el infatigable Guardián de la Rábida interesar al gran Cardenal de España, D. Pedro González de Mendoza, varón juicioso, ilustrado, benévolo y amable, el cual accedió á oir á Colón y escuchar sus razones. Asustó al principio al Cardenal una teoría que le parecía envolver opiniones heterodoxas; pero la elocuencia de Colón, la fuerza de sus razones, la grandeza y la utilidad del designio, y la fervorosa religiosidad de que estaba animado el autor, vencieron las preocupaciones del prelado, y Colón obtuvo por su mediación una audiencia con los Reyes. Apareció el extranjero con modesta gravedad á la presencia de los soberanos de Castilla. Pensando en lo que yo era, escribía él, mismo después, me confundía mi humildad; pero pensando en lo que llevaba, me sentia igual á las dos coronas. Fernando, frío y cauteloso, pero nunca indiferente á las grandes ideas; Isabel, más expansiva y más entusiasta de los grandes pensamientos, ambos oyeron á Colón benévolamente; pero tratábase de un proyecto que requería conocimientos científicos y especiales, y quisieron someterle al examen de una asamblea de hombres ilustrados, que determinaron se reuniese en Salamanca, bajo la presidencia de Fr. Hernando de Talayera. Aunque para este Consejo sa nombraron profesores de geografía, de astronomía y de matemáticas, eran la mayor parte dignatarios de la Iglesia y doctos religiosos, qué miraban con desconfianza y con incredulidad toda idea que no estuviese en consonancia con su limitado saber y rutinarias doctrinas, y era peligroso sostener teorías que pudieran parecer sospechosas á la recién establecida Inquisición. Asífué que en lugar de examinarse el proyecto de Colón científicamente en la Junta del convento de San Esteban de Salamanca, apenas se hizo sino combatirle con textos de la Biblia y con autoridades de Lactancio, de San Agustín y de otros Padres de la Iglesia, de los que deducían que la tieira era plana; que no era posible existiesen antípodas que anduvieran con los pies arriba y la cabeza hacia abajo, y con otros semejantes argumentos, calificando las proposiciones de Colón de insensatas, de poco ortodoxas y casi heréticas. Sin embargo. Colón combatió con dignidad, con elocuencia y con razones sólidas, las preocupaciones del Consejo. Pero eran los albores de la luz luchando con una niebla densa y apoderada del horizonte, no sólo de España sino de todo el mundo; y el que hablaba era además un extranjero desconocido, y mirábanle como un aventurero miserable. Así, á los ojos del vulgo, pasaba por un fanático, un soñador, ó un locó. No faltó, á pesar de eso, quien conociese el valor de sus elocuentes raciocinios y se mostrara adicto á sus proyectos. Entre otros, merece citarse con honra el religioso dominico Fr. Diego de Deza, profesor de teología entonces y maestro del principe D. Juan, inquisidor después y Arzobispo de Sevilla, que le daba habitación y comida en el convento, y fué más adelante su especial protector para con los Reyes. La apática Junta no resolvió nada, y dejó transcurrir tiempo y años, como- cosa que no le importaba, ni en su entender había de tener nunca resultado. MODESTO L Á F Ü E N T E