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HECiRDOS BE i BUDE UBRE A LA PUERTH OE U RABIOA. -U RELIGIÓN Y EL GENIO (E S C U L T U R A S D E D ANTONIO SUSILLO) I A media l e g u a de Palos Sobre u n a mansa colina, Q u e dominando los mares Está de pinos vestida, De la R á b i d a el convento, Fundación de orden francisca, Descuella desierto, solo, Desmantelado, en ruinas. N o por la mano del tiempo, A u n q u e es obra m u y antigua, Sino por la infame mano De revueltas y codicias, Q u e á la nación envilecen Y al pueblo desmoralizan. Destruyendo sus blasones. Robándole sus doctrinas. De este olvidado convento A n t e la portada misma, E n la llana plataforma, Sitio de admirable vista, U n a m a ñ a n a de Marzo, Mientras que solemne misa E n la iglesia se cantaba y escaso concurso oía, Cuatrocientos años hace. P a r a gloria de Castilla, Apareció un extranjero De presencia extraña y digna. Con el cariño de p a d r e De la mano conducía U n cansado y tierno niño De belleza peregrina. E s t e extraño personaje Con esta criatura linda, Taciturno paseaba Con facha contemplativa. O r a por el mar de Atlante, Q u e rizaba fresca brisa, Como buscando u n a senda Giraba ansioso la vista; Ora allá en el horizonte De occidente la ponía, Cual si algún objeto viera, Inmóvil, clavada, fija. Y y a al cielo u n a mirada De entusiasmo y de fe viva Daba, animando su rostro U n a inspirada sonrisa; Y ya de pronto inclinando La frente á tierra, teñían Melancólicos colores Sus deslustradas mejillas. De sus hondos pensamientos Y de su inquietud continua. Sacóle la voz del niño, Que pan y agua le pedía; P u e s en cuanto oyó su acento Y vio su aflicción, se inclina. Tierno le toma en los brazos, Le consuela, le acaricia. Y diligente se acerca A la abierta portería, A demandar el socorro Que aquel ángel necesita. II El Guardián varias preguntas Hace al extranjero acerca De su patria, de su estado Y del arte que profesa. Que es genovés y viudo Atento el huésped contesta; Oue es navegar su ejercicio Y de piloto su ciencia. Y así como u n a vasija O u e está rebosante y llena De un líquido, algo derrama A muy poco que la muevan. Dio indicios claro? patentes, En sus fáciles respuestas. De aquel grande pensamiento, Portentoso, que le alienta. Que exclusivo su alma absorbe. Q u e es la sangre de sus venas, Q u e es el aire que respira. Que es ya toda su existencia, Y que causó los extremos Que delante de la iglesia, El mar contemplando, hizo, Como referidos quedan. Que el Occidente escondía. Dijo, riquísimas tierras, Que era el ancho mar de Atlante De la gran T a r t a r i a senda, Y que dar la vuelta al mundo N o era difícil empresa; Con otras raras especies T a n inauditas, tan nuevas, Que, al escucharle, pasmado F r a y Juan Pérez de Marchena (Aunque á osados mareantes Hablaba con gran frecuencia, Por haber muchos en Palos, Y aunque sabe las proezas Y raros descubrimientos De las naves portuguesas) N o acierta si está escuchando A un orate ó á un profeta, bi es un ángel ó un demonio El honibre que está en su celda. De aquel ente extraordinario Crece la sabia elocuencia, Notando que es comprendido Y de entusiasmo se Lena, Se agranda, brillan sus ojos Cual rutilantes estrellas, Brotan sus labic s un río De científicas ideas; N o es ya un mortal, es un ángel, De Dios un nuncio en la tierra, Un refulgente destello De la sabia Omnipotencia. Y el fraile, al cabo, prorrumpe; De España la gloria sea: No busquéis lejanos reinos Cuando el mejor se os presenta; Y el que sediento de gloria Más imposibles anhela. Corred, buscad el apoyo De la castellana reina, De doña Isabel invicta. Que es la más grande princesa Q u e han admirado los siglos Y que ha ceñido diadema. EL D U Q U E DE RIVAS.