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638 BLANCO Y NEGRO Mientras estuvo Quevedo preso en la torre de San Marcos de León sostuvo con Adán de la Parra una larga y detenida correspondencia, y es de advertir que este último trabajó mucho en la corte en favor del preso, y que se granjeó por esto mismo la aversión del privado de Felipe I V y fué mayor su encono cuando corrieron de mano en mano la sátira, de que he dado cuenta más arriba, y un romance que empezaba así: ün conde y una condesa, A la que él está sujeto, Siendo asi que hace temblar Su crueldad al universo... La noche del 23 de Junio de 1630 celebróse, como todos los años, la popularísima verbena de San Juan, señalada, más que los años anteriores, por los festejos especiales que quiso tributar á su Rey su favorito el Conde- Duque de Olivares en el Retiro, donde se representó una comedia de Lope de Vega titulada La Noche de San Juan, después de cuya representación hubo bailes, mascaradas y una opípara cena. Mientras duró el festín entonaron canciones al aire libre los cantores de la Real Capilla, y por último, pasearon los Reyes y su numerosa corte hasta el amanecer por los paseos de los jardines, al compás de música compuesta de oboes violas, violines y contrabajos. E n el momento en que los Reyes subían á su carroza, el Conde- Duque los saludaba, y le dijo la Reina: -Gaspar, ¿tienes noticias de un romance que circula contra tu persona y tu buena esposa? -S í le conoce- -interrumpió Felipe IV; -lo ha leído antes que nosotros. ¿Quién es el autor? -preguntó la Reina. -Adán de la Parra- -repuso el Rey. -Son muy atrevidas las coplillas. -Existen tres poetas que estorban- -añadió D. Gaspar de Guzmán- -y que convendría que desaparecieran de la tierra: Quevedo, Villamediana y Adán de la Parra. Rodó la carroza, y terminó la íiesta aquella noche de San Juan. A las diez de la noche del día 22 de Marzo de 1632, atravesaba la calle Mayor Adán de la Parra, precedido de un criado que llevaba un farol para a imbrarle el camino, y antes de llegar al convento de San Felipe el Real y de Padres Agustinos calzados, salieron de repente tres hombres armados de puñales y espadas, que le acometieron de tal manera, que le dejaron tendido en tierra y ensangrentado. Huyeron los asesinos por la calle de Postas, en tanto que el herido y su sirviente pedían socorro. Juan de la Parra exclamaba: ¡Confesión, que me muero! Salieron algunos religiosos del convento para auxiliarle, pero ya era tarde. La victima se encontraba á punto de expirar. No obstante, antes de exhalar el último suspiro pronuncio estas terribles palabras: ¡Padres, soy asesinado por mandato del Conde- Duque de Olivares! ¡Buen señor, yo te perdono! Cuando llegó á noticia de Quevedo la muerte violenta de su amigo, la lloró amargamente diciendo: ¡Se lo había pronosticado! ILDEFONSO A X T O M O BERMEJO.