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SHR S Pasó el verano. Los excursionistas apuran el obligado tema de sus correrías. Como este año era poco patriótico el pasar la frontera- -aunque hay escépticos que piensan, y acaso tienen razón, que más que el patriotismo han podido los cambios encaramándose á las nubes, y el cólera asomándose en Hendaya y diciendo: ¡aquí los valientes! -entonan himnos de alabanza á la imponderable playa de Donostla, cuya superioridad sobre los franceses consideran indiscutible por este año. y 3 sr r -JLf LA P L A Y A Cuando bajen losJcambios y el huésped del Ganges como lo llaman los gacetilleros caratos, se harte de hacer temblar á las potencias de la triple y la duple alianssa, armadas hasta los dientes y amenazando devorarse unas á otras sin que queden más que los rabos ¡entonces Dios y los veraneantes dirán! Y lo que dirán será que cualquiera playa extranjera es mejor que la por hoy indiscutible playa donostiarra. Ello es que San Sebastián ha estado este verano más concurrido por ese elemento de la buena sociedad que se pasa medio año renegando de Francia y el otro medio rindiendo toda clase de tributos, incluso el pecuniario, á los franceses. La playa, exposición de cuadros naturalistas al agua fuerte (sobre todo en días de marea viva ó de marejada, que es cuando las olas azotan de lo lindo) escenario en el cual tantos dramas, tantas comedias y tantos saínetes se desarrollan; inmenso bazar donde todas las clases sociales se exhiben en calidad de titiriteros ambulantes y son medidas por igual rasero- -el rasero del agua, que es el más perfecto; -hervidero de gente, donde, sin embargo de cumplirse con rigor las más estrechas reglas de urbanidad, es donde menos se guardan las formas; la playa, digo, es á San Sebastián lo que á Madrid la Puerta del Sol; y así como ésta es el brasero de los madrileños la Concha puede consideiarse el fresquero de los donostiarras. A la izquierda, la caseta Keal, especie de elegante chalet CASETA E E A L