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L LAS DE LAMEDOR ¿No conocen ustedes á estas señoras? Seguramente las conocen ustedes, porque son muy conocidas. Y ó m e las encuentro todas las tardes en la Carrera de San Jerónimo, mif rando el escaparate dé Lhardy, ó- el 4 e la Dulce Alianza, porque no hay otras mfegoiosas que ellas. Son estas señoras, la viuda y las tres hijas de D. Tadeo Lamedor académico de una deJas más sabias, hombre muy avezado á inveS tigaciones y descubrimieritos que á nadie importaban un pito, gran coleccionador de cacha- rros, tabaqueras y mondadientes, como que poseía los. que se usaron en el festín de Bal- tasar, y cuyos discursos en las diversas corporaciones á que pertenecía, no oyó nadie nunca, porque todos los oyentes se dormían al segundo párrafo. La viuda y las hijas se acostumbraron en vida de aquel sabio profundo á concurrir á todo acto oficial donde la entrada era por pa o- peleta, y donde había, para más atractivo de la fiesta, algo que comer ó que refrescar. Don i, Tadeo las llevaba las papeletas, y allá iban la Si señora y las hijas á ver si había por casualidad I algún otro sabio, aunque no lo fuera tanto como D. Tadeo, que cargara con una ú otra de las muchachas. Ya no son muchachas, como que la menor tiene ahora veintiocho años, y treinta y cinco la mayor; pero son, eso si, más feas que antes, y creo que, en su fuero interno, aunque todavía presumen y se hacen las chiquitas y se las echan de pudibundas, ya están- désengañadas y persuadidas do que no hay ún cristiano que las mire con buenas intenciones ¡ay! ni con malas tampoco. Pero no se resuelven á renunciar á la costumbre de asistir á todasUas solemnidades, como en vida de Lamedor, que se complacía en que su familia le viera en los actos públicos, sentado en lagar preferente, entre los personajes, y luego que llegaba el momento del gaudeamus reservaba para su compañera y sus hijas los mejores puestos. Ahora les falta el irreemplazable apoyo del buen marido y gran padrazo, y aunque todavía hay algunos contemporáneos de D. Tadeo que las conocen muy bien, suelen e stos hacerse los desentendidos, y no atenderlas como en otro tiempo. Mas no por eso se achican y aburren las de Lamedor cuando se trata de tomar algo en el buffet. Ellas se meten entre la gente, abriéndose paso con los codos hasta llegar á primera fila, y una vez allí, no hay niás remedio que servirlas, instarlas á tomar dulces, helados, avo trufado, jamón, lo quef haya. Y á fé que, no necesitan ciertamente que las insten, porque ellas se bastan y se soy se bran para convidarse. -Guárdate esta perita, Lucinda dice á su hermana menor la mediana. -Gruárdate tú esa naranja en dulce- -contesta la mediana á la menor. -Mamá- -dice la mayor, -toma estás yemas que te gustan. -Lo que tomaré será un arlequín ó dos- -anuncia la mamá. -Bueno, pero guárdate las yemas, -También nosotras tomaremos arlequín. Y así se están tomando una hora, sin dejar el sitio, como si no reparasen en que detrás de ellas esperan otras señoras. á