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BLANCO- -Corriente- -dije yo, con verdadera resignación cristiana. -Vamos á donde ustedes quieran. Quince minutos después penetrábamos en casa del doctor Pancete, dispuestos á producir un efecto asombroso. Pero ¡ay! la más espantosa de las peleas domésticas verificábase allí en aquel momento, y ni Pancete, ni la doctora, ni miembro alguno de su numerosa cuanto revuelta familia, pararon mientes en mi egregia persona. Pancete acababa de romper una bandurria en la cabeza de su suegra; una de las cuñadas le liabía metido el paraguas al doctor por la boca del estómago; las sillas volaban, los gritos aturdían, y los golpes menudeaban de un modo terrible. ¿Es esta la paz de la aldea, tan decantada por los poetas? -pregunté yo. -Lo que es preciso, amigo Juan- me dijo doña Marta- -es que pongamos en orden á esta familia antes de emprender nuestro paseo campestre. Usted, que es tan chirigotero, dígale cuatro cosas á cada uno y es asunto concluido. No había acabado doña Marta dé decir tamaña majadería cuando un tintero de bronce, convertido en proyectil, halló por equivocación en mi cabeza el tér- mino de su viaje aéreo. Y NEGRO 601 La broma me pareció un tanto pesada, y el tintero más pesado aun que la broma. Con el traje berrendo en negro á causa de la tinta derramada, salí de aquella casa precipitadamente y regresé á la de don Lesmes acompañado por éste y su señora. Pocos minutos después la suegra del médico, magullada y convulsa, buscaba refugio en casa de mis amigos. ¡Cuántas gracias tenemos que dar á Dios porque está usted aquí! -exclamaba doña Marta cogiéndome una mano entre las suyas, que parecían dos platos soperos. ¡ÍTi buscada con candil hubiéramos encontrado una persona tan á propósito como usted para consolar y atender á nuestra pobre amiga durante la noche! -Señora- -repliqué yo- -se acerca la hora de mi regreso á Madrid y no puedo complacer á usted. ¿Y por qué no deja usted la vuelta para mañana? Mire usted que si mi Lesmes se queda solo con la enferma, no voy á pegar los ojos. ¿Por qué, señora? -Porque conozco á mi marido, y los celos me ahogan. Poco me faltó para romper algo á doña Marta. En suma: yo soy muy débil; accedí á quedarme, y era cosa de vfer cómo me multiplicaba sirviendo tazas de tila á la suegra de Pancete, prodigándola frases de cariño improvisado y dándole friegas con un cepilló de carpintero, hasta que rompió á sudar y á referirme unos amores que tuvo en tiempos de Fernando VIL i Qué día de campo me había proporcionado el buen don Lesmes! A las seis de la mañana siguiente huía yo de Valdetabarra, después de haber manifestado á los señores de Trapatiesta lo muy complacido que quedaba de su hospitalidad; y á las doce me encontraba ya de regreso en Madrid sufriendo él rapapolvo de mi jefe, las calabazas de la Chalequera y los horrores de un cólico producido por la mezcla del café con el tomate. ¡Y yo que deseaba tanto pasar un día en casa de mis amigos! Malditos sean ellos por siempre jamás, amén. ¡Cualquier día me vuelven á pescar! JUAN P É R E Z Z Ú Ñ I G A hí. j- t- S, J