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600 BLANCO Y NEGRO -Muy bien liecho- -respondia yo. -Así no- es posible verlas, por mucbas que haya. -Cuidado con tropezar ¿eh? -añadía don Lesmes. -Aquí hay un pellejo de aceite; no se recueste usted en él Ahora dé usted un salto, porque ese aturdido de Pedro se ha dejado la albarda al pie de la escalera Ajajá Bueno; ahora vamos al jardín. Éste se halla constituido por una higuera que no produce más que orugas, cuatro acacias escrofulosas y unas cuantas lechugas de tamaño natural, completándolo un estanque de ladrillo y una bomba de palanca, colocada sobre un pozo tan hondo como mis penas. ¿Conoce usted este sistema de bombas? -me dijo don Lesmes. ¿Qué sistema es? -Retningthon puro. Pruebe usted y verá qué suavidad. Mi mujer se entretiene muchos ratos en darle á la bomba. ¡Así está ella de fuertel- ¿La bomba? -No, señor; Marta. Pero ¿qué hace usted que no le da unos cuantos golpes? ¿Á Marta? O -No, á la bomba. ISo sea usted flojo, hombre, que este ejercicio es muy saludable Vamos, otro poquito. El poquito fué que me tuvieron sacando agua hora y media; que les llené el estanque... y que aun me dura el hormigueo en los brazos. ¡Bravo! -me dijo don Lesmes. -Es usted un valiente. ¿Y á qué hora comen ustedes aquí? -pregunté yo. -Según se tercia- -respondió doña Marta. -Como nos gusta comer en el jardín, solemos esperar á la caída de la tarde. Pero hoy comeremos dentro de la casa en honor á usted. -Mil gracias, señora. ¡Cómo podré yo corresponder al honor de comer dentro! -Hombre- -me dijo don Lesmes- -bien podía usted ayudarme á deshacer estos cajones y á podar las acacias; porque le advierto á usted que yo siempre estoy haciendo algo. -Deshaciendo, querrá usted decir. -Así se le abriría á usted el apetito considerablemente. ¿Abrírseme? ¡Pues no hace poco tiempo que se verificó la apertura! En chanzas ó en veras le ayudé á todo lo que quiso, incluso á sembrar unos pensamientos alrededor del pozo. Por cierto que la simiente no era mala; pero yo desconfío del resultado de la operación, porque es imposible que don Lesmes tenga nunca buenos pensamientos. La comida se verificó en tinieblas. Se conoce que los señores de la casa se dijeron: Comiendo á obscuras, no se entera el huésped de lo que come. Pero tal era mi apetito, que todo me supo á gloria. Eso si, la falta de luz me obligó á pasar grandes trabajos. Una vez me eché una cucharada de sopa por una oreja; otra vez, por coger una aceituna, cogí una verruga que tenía doña Marta en el entrecejo; y, por último, al ir á echar azúcar en el café, metí la cucharilla en la salsa de tomate, resultándome tan extraña mezcla, que me río yo de los calomelanos. Concluyó la comida y comenzó la siesta. ¡Qué bien me hubieran sentado tres horitas de sueño si un ejército de pulgas no se hubiera puesto á hacer maniobras militares en mi cutis! Llegó la tarde. -Marta, ¿dónde llevamos á Juanito para que se distraiga? preguntó don Lesmes á su esposa. -A las viñas del tío Trompicones; pero antes pasaremos por casa del médico, que se alegrará muchísimo de conocer á Juanito.