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BLANCO Y desde niño lleva mi fantasia, No sé por qué ignoradas causas secretas, Como el largo lamento de una agonía El canto quejumbroso de las carretas. Desde el fresco Borines hasta el Pajares, De Busdongo á la orilla del mar undoso, No hay lugar entre tantos bellos lugares Que no iguale á Suiza por lo precioso. En Asturias la flora fimbria parece En verde terciopelo con luz bordada, Y está de margaritas que el aire mece Y pálidos matices fantaseada. Un músico es el campo que la armonía Va casando en las hojas de miles flores, Y es cada huerto alegre la sinfonía De ópera sin sonidos fija en colores. Suavidades sedosas como las alas Tienen los tonos verdes de vario hechizo, Y NEGRO Y se van sucediendo por las escalas Del verde de esmeraldas hasta el pajizo. Las viviendas que envuelve fresco ramaje, Parecen nidos puestos en las laderas, Y las faldas del monte les dan paisaje, Y las ciñen los hórreos y las paneras. Saltos, fuentes y ríos bajan trazando Por las rocas agrestes curso distinto, Y entre tanto prodigio va dibujando La larga carretera su laberinto. Id á ver esa inmensa quebrada altura, Corona de altos picos que tiene España, De sus tranquilos valles en la hermosura El alma de delicias y paz se baña. Yo volveré á su seno, que desde niño Lleva mi mente ansiosa de alas inquietas, I Como un himno de amores y de cariño El canto quejumbroso de las carretas! SALVADOS R U E D A 599 UN DÍA DE CAMPO Mi amigo don Lesmes Trapatiesta conocía mis aficiones al campo, y no vaciló en proporcionarme un día de solaz en su casita de Valdetabarra. ¡Cuántas gracias le di por su galante invitación! Verdad es que el día designado para ir allá tuve que faltar, no sólo á la oficina, sino á una cita que me había. dado Pepita la Chalequera, por cuyos pedazos estaba yo si fallezco si no fallezco. Pero no era cosa de hacer un desaire á don Lesmes, ni renunciar á los goces campestres con que me brindaba. E viaje, si bien fué bastante molesto, me costó bastante caro. Y no cuento el regalo que tuve que llevar á doña Marta, la esposa de Trapatiesta, sin cuyo requisito jamás me hubiera yo presentado en Valdetabarra. Dicen que cuesta poco el quedar bien; pero á mi me costó diez pesetas el abanico que llevé á doña Marta, la cual acogió, por cierto, mi regalo con una frialdad impropia délas circustancias. Estas circunstancias eran cuarenta grados sobro cero. í Molido y quebrantado llegué á casa de mis amigos quienes me recibieron con los brazos abiertos y los balcones entornados. -Juanito, vamos á tratarle á usted con entera confianza- -me dijeron á dúo, mientras yo me limpiaba el sudor. -Eso es lo que á mi me gusta- -contesté, maldiciendo para mis entretelas la poca esplendidez de don Lesmes. ¿Quiere usted ver la casa? -Vamos allá. Conducido de la mano (pues no se veía ni gota) recorrí aposentosj subí escaleras, crucé pasillos é hice creer á sus dueños que todo aquello me encantaba. Tenemos cerradas las ventanas por causa d ¿las moscas, ¿sabe usted? -me decía doña Marta.