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LOS ADMIRADORES Yo, á Dios gracias, estoy libre de admiradores porque no soy persona notable, en buena hora lo diga. Para mí llegaría á constituir una verdadera desgracia verme rodeado de sujetos vehementes, que estuvieran admirándome á todas horas y repitiéndome sin cesar: ¡Caramba! ¡Cuánto vale usted! ¡Qué libro tan notable acaba usted de escribir! Tiene usted un talentazo horroroso Compadezco á Echegaray y á Galdós, que se ven y se desean para librarse de admiradores impertinentes, y no pueden salir á la calle sin que les detenga algún sujeto entusiasta para estrecharles la mano con efusión. Conozco á un sabio que no tiene momento de reposo, porque le ha salido un admirador de la clase de ostras, que se le mete en casa desde muy temprano, y allí se está, adherido á una silla como un molusco. El sabio no puede moverse de su asiento sin que su admirador le pregunte: ¿Á dónde va usted, don Silvestre? ¿Se ha puesto usted malo? ¿QuieVe usted que avise á su señora? ¿ííecesita usted de mí? Don Silvestre es hombre cachazudo y considerado, y soporta con paciencia la vigilancia incesante de su admirador. Algunas veces, sin embargo, no se puede contener, y dice á su espía: -i Hombre! Déjese usted estar, que voy á un asunto urgente. -Pero ¿volverá usted? -Si, hombre, si; es cosa de cinco minutos. Y se dirige á las habitaciones interiores de la casa, dejando al otro envuelto en un mar de profundas cavilaciones. Lo mismo los hombres políticos de altura que los hombres de letras eminentes, viven víctimas de la admiración de unos cuantos majaderos que les ponen en ridículo. Con motivo del estreno de Realidad, cierto admirador del insigne novelista quiso andar á mojicones con un abonado, porque éste dijo que Pérez Galdós era cargado de espaldas. ¡Eso no lo sostendrá usted en la calle! -gritó el amigode D. Benito apretando los puños. Gracias á la intervención de la autoridad, no hubo allí una batalla sangrienta; pero el admirador fué á contarle á su ídolo lo que acababa de ocurrir y éste le decía pasándole la mano por el lomo: ¡Vaya! Tranquilícese usted. La cosa no tiene nada de particular. -Es que yo le quiero á usted más que á mi madre. -Ya lo sé. -Y al que no le guste Realidad, ¡lo reviento! ¡Por Dios! ¡ÍTo me ponga usted en ridículo! Estos admiradores fervientes son temibles. A don José Echegaray le ha perseguido durante algún tiempo cierto admirador valenciano que entraba en su casa y se metía en la cocina para decir á la cocinera: ¿Tiene usted arroz de grano gordo? ¿Sí? Corriente. Traiga usted una cazuela bien honda. Voy á hacerle á don José un arroz á la valenciana, para que se chupe los dedos. Y, quieras que no, cornenzaba á guisar y á revolver la cocina de arriba abajo, con gran desesperación de la cocinera, que decía furiosa: ¡Deje usted quietos los cacharros, hombre de Dios! ¿Dónde ha metido usted el soplillo? No eche usted carbón en la hornilla del medio, que ya tiene bastante. ¡Jesús, qué hombre! Me ha puesto usted la cocina perdida de aceite. Cuando estuvo enfermo don Eamón de Campoamor, tenía á su lado dos ó tres admiradores que no le dejaban dormir; porque ano quería darle fricciones, y otro se empeñaba en arroparlo con una pelleja, y otro aprovechó la ocasión para leerle un poema apoyando los codos en la almohada y los labios en el oído de insigne autor de las Dolaras, hasta que entró el médico y los echó á todos del cuarto, diciéndoles; -Son ustedes mucho más temibles que la enfermedad. ¡Largo de aquí! -Somos admiradores del genio- -contestó uno de los aludidos, envalentonándose.