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EL REPÓRTER Aquel Madrid sedentario y madrugador del siglo xvii, que si llegaba al Pardo en excursión campestre, creía haber realizado el ideal de un viaje á las Antillas; aquel Madrid de capa y espada, de carroza y carabas, que en los días de precepto apenas si se permitía llegar hasta la huerta del regidor Juan Fernández, para echar una cana al aire en compafiía de algún maestro de donaires como el mercenario Tirso de Molina; aquel Madrid de las gradas de San Felipe, murmurador y embustero, que se santiguaba dos veces antes de comer el garbanzo, una al Benedictiis y otra al toque de Ángelus, no conocería al Madrid de la Carrera de San Jerónimo, si por arte de magia llegaran los dos á juntarse en las aceras una tarde de otoñó. Han cambiado mucho los tiempos y los gustos, el porte de las personas y el tono de las sátiras. Hoy no hay gradas ni gregüescos, golas ni calzas prietas, ni capotillos curiosos, ni chambergos apabullados. Eri cambio, de cada hongo madrileño estalla un epigrama tan sutil y corrosivo que volvería tamañito al mismo Villamediana, el autor malaventurado y lenguaíaz de los anónimos del Mentidero. Las gradas desaparecieron con el convento de San Felipe, pero no el epigrama, que, sembrado en el solar y echando raíces en torno de la Puerta del Sol, ha ido á fijar su residencia, y florece con carácter definitivo en la Carrera de San Jerónimo. Es decir, que el Mentidero ha cambiado de domicilio, y por no irse lejos para que la tradición no se pierda ó porque la atmósfera conventual de las antiguas gradas, cerca de las cuales fué asesinado Villamediana, tiene más condiciones para el crecimiento, desarrollo y rasértrez del epigrama fugaz, es lo cierto que los carros de mudanza no tuvieron mucho que trabajar, porque en realidad la fábrica de noticias de efecto empieza en las puertas del Bazar de la Unión, donde estuvo San Felipe, y sus departamentos ó secciones se extienden por la acera del Ministerio de la Gobernación hasta la calle del Lobo, donde está establecido él cierre. La Carrera de San Jerónimo, con ser una de las mejores calles de Madrid, no debe su fama á la vecindad ni á las tiendas, ni á las pastelerías, ni á los cafés, ni siquiera á loagaritos. L a Carrera ha ganado su renombre con los desocupados forzosos y aspirantes de profesión, amigos de saber lo que pasa, que estacionándose en la esquina de la calle de Espoz y Mina, junto á las puertas de Fe, Lhardy y del Continental Express, en las Cuatro Calles y en las inmediaciones de la Cervecería Inglesa y del nuevo Casino, forman cuatro ó cinco zonas de artistas experimentados en la labor usual y entretenida de crear noticias. Causa maravilla ver cómo de una palabra suelta, de un gesto sorprendido, de una mirada errante, de un apretón de manos cambiado al pasar entre personas de significación política, se forma el embrión de la noticia destinada á rodar por los ámbitos de España y quizá por los del globo. La noticia sale de una zona en estado de capullo, é instantáneamente se convierte en enigma para los noticieros. Empujado por la murmuración, que descifra glosando, el capullo corre de una á otra acera, sube, baja, vuela ó se arrastra por la calle hasta que el zumbido aterrador de tantas curiosidades humanas dedica-