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BLANCO Y NEGRO 583 de mi balcón y me parece que me miran con envidia. Estoy á puntó de preguntarles si son tan felices como yo. Pero ¿á qué tomarme esa molestia, si me consta que su contestación seria negativa? ¡Qué largas van á parecerme las horas hasta que llegue Ricardo! Es tan bueno, que mis padres le esperan con impaciencia, y ya le tienen concedida mi mano desde el fondo del alma, aun antes de que él llegue á formular su petición. ¡Cuan enojosas son ciertas prácticas sociales! Pero no hay remedio, señor don Ricardo; lo que debe usted hacer es venir lo más pronto que pueda. ¡Ay Elena querida, perdóname otra vez! Soy tan dichosa, que bien merezco tu benevolencia. Hago punto. Después continuaré para contarte los detalles de la entrevista. ¡Cuánto te quiero y cuánto le amo! ¡Ricardo! ¡Alberto! -i Apenas doy crédito á mis ojos! Cuando yo te creía viajando por Italia con tu esposa, te encuentro en París y solo! Habla: ¿qué significa esto? -Nada, chico. Mi buena suerte. Tuve una verdadera inspiración, y en vez de presentarme á pedir la mano de mi novia, le envié al padre una carta muy patética contándole tales cosas, que el buen señpr se habrá alegrado muchísimo de no tenerme por yerno. -Pero la pobre Angela- ¡Bah! No hay cuidado. Pronto encontrará sustituto. Ya sabes que las mujeres de hoy no tienen corazón. Eso era antiguamente, en los tiempos del romanticismo; pero las cosas han cambiado, y ahora todos, lo mismo ellas que ellos, queremos con la cabeza. -Tienes razón. Y tú has venido á París- Primero, por escurrir el bulto; después, por seguir á esa picarona de Adelina- ¿La del Circo? -La misma. Se ha propuesto desesperarme con sus desdenes, y he de rendirla, aunque para ello tenga que viajar por todo el mundo y gastarme toda mi fortuna. Quiero probar que soy un hombre de corazón. -Bien hecho. Si me necesitas, cuenta conmigo. Termino esta carta quince días después de haberla empezado, y me apresuro á enviártela al sagrado recinto donde moras, porque quiero darte á conocer todo lo horrendo de mi desdicha. Ricardo no sólo no cumplió su promesa de pedir mi mano, sino que envió á mi padre una carta inconcebible; una serie de excusas tan torpes como la intención que las guiaba. ¡Ay Elena de mi vida, cuan desgraciada soy! Tú eres mi única amiga leal, y á ti acudo después de la grave dolencia que me ha tenido suspendida durante unos días sobre el negro abismo de la muerte! Ya no hay alegría posible para mi. Las flores de mi jardín se han secado; los rumores que llegan á mis oidos me pareceo ecos lejanos de burlonas carcajadas, y bástalas golondrinas que revoloteaban delante de mi balcón se ahuyentaron desdeñosas para llevar á otras regiones las nuevas de mi desventura. Mis ancianos padres soportan en silencio su dolor y el mío, y no tardarán muchoen abandonarme para siempre. ¡Sola en el mundo como tú, como tú también buscaré en la religión el consuelo que una madre no niega jamás á sus hijos que sufren! ¡Cuántas veces en mis febriles delirios he repetido tu frase favorita, aquella frase desmentida por mi al comenzar esta carta, y que, sin embargo, encierra para nosotras una triste verdad: ¡Los hombres no tienen corazón! No lo tienen, Elena amada, no lo tienen; pero yo... yo tampoco le tengo porque me le han matado alevosamente! Reza por mi, hasta que podamos rezar juntas, para que Dios se apiade de tu infortunada- -Angela. EDUARDO SÁNCHEZ DE CASTILLA, r w