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I quieres- ¡oh lector discretol- -evitar las malas compañías, no concurras á ciertos teatros. Así cumples un precepto de buena crianza y t e descartas al propio tiempo de la complicidad en que incurre tácitamente el que asiste sin protesta á un acto punible. lío hablara yo de estas compañías (pocas, en honor á la verdad) si ellas no contribuyeran eficazmente á pervertir el gusto del público- -harto pervertido ya... al decir de los que entienden de esas cosas; que yo me lavo las manos, con licencia de ustedes. Las tales compañías- -que has de evitar á todo trance, ¡oh caro lector! -realizan un doble crimen, cual es el de estropear el arte de la declamación y el de dar á conocer engendros que jamás debían salir á la superficie- -aunque sea una superficie de tablas viejas E l fenómeno se realiza del modo más lógico y racional. Los autores de verdad no han de dar sus obras á una mala compañía, estando, como están, solicitados, por las buenas; y como á falta de pan, buenas son tortas, y el espectáculo teatral vive principalmente del estreno, obedeciendo la dura ley de la necesidad, vense obligadas esas compañías (las malas) á estrenar aquellas obras que nadie ha querido Mcer, y que han pasado por las contadurías de todos los teatros de alguna importancia. La ingratísima tarea de desbravar autores conduce inevitablemente á la derrota vergonzosa, (íá sucumbir sin gloria y sin combate que dijo el lírico, estropeando de paso, como digo más arriba, el paladar del público. -r Hemos llegado á unos tiempos en que cualquier Perico empedrador ahorca los hábitos (le ase blusa) y se mete á cómico, y en que cualquier escribiente temporero Ae la Deuda ó del Tribunal (sin tener cabal idea de la primera ni del segundo) coge y se mete á escritor, é intenta emular las glorias de Serra y de Bretón cuando no de García Gutiérrez. Por ley de relación y de afinidad, la obra del escribiente cae en manos del empedrador: la una es digna d l