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578 BLANCO Y NBGKO piííío, en medio del diluvio de metáforas, retruécanos, hipérboles y anfibologías de su estilo retumbante, conceptuoso y laberíntico. Por fortuna, otros cronistas han descrito con claridad y sencillez aquella ceremonia, que, después de todo, se celebró con la solemnidad de costumbre y las formalidades de rúbrica, con gran aparato oficial, pero con poco entusiasmo público. Asistió en su calidad de Alférez mayor y Regidor perpetuo de Madrid, y como tal levantó el pendón Real, el Conde de Altamira seguido de los Grandes, Títulos y Caballeros, que lucían ricas galas, preciosos aderezos y brillantes libreas. Concurrieron también don Juan Francisco de Luxán y Arce, Corregidor de la villa, y los demás capitulares, precedidos de alabarderos, alguaciles, timbales, maceres y reyes de armas. Salieron todos de la Casa de Villa, encaminándose por la calle Mayor, Puerta del Sol y calle de Alcalá al Palacio del Buen Retiro, y en un tablado levantado en su plaza, frente al balcón donde estaban la reina madre D. Isabel Farnesio y el infante D. Luis, se procedió al acto primero de la proclamación en los términos consabidos. Repitióse la escena en la Plaza Mayor y en las plazuelas de las Descalzas y de la Villa; en los (uatro puntos los reyes de armas arrojaron al pueblo gran cantidad de monedas de oro y de plata conmemorativas del suceso; hubo por la noche castillos de fuegos artificiales en la Plaza de Palacio y luminarias en toda la población; y en los dos siguientes días besamanos y corridas de toros, efectuándose todos los festejos, según el historiador de que tomamos estos pormenores, con más apariencias de oficiales que de espontáneos. Varias raigones había para ello. En primer lugar, Carlos I I I no se hallaba en- Madrid al hacerse la proclamación. Rey de Ñapóles y de Sicilia desde 1534, la muerte de sus dos hermanos Luis I y Fernando V I sin sucesores, hizo llegar á él la corona de España, en que nunca pensó, y aunque se puso inmediatamente en camino para recoger tan brillante y valiosa herencia, no llegó á Madrid hasta el día 9 de Diciembre de aquel año. E n segundo lugar, D. Carlos, no obstante haber nacido en España, era mirado por el pueblo como extranjero, por haber talido de este país á los catorce años y haber estado ausente de él veintiocho, atendiendo á los intereses y cuidados de otra nación. Y, en fin, porque no faltaban encubiertos adversarios del nuevo Monarca, que, con malignos propósitos, esparcían los rumores y vaticinios más siniestros, ya diciendo que el Rey y todos sus acompañantes eran herejes contumaces que habían de atraer sobre la infeliz España las iras del cielo, ya propalando que los días de Carlos estaban contados, pues sólo le quedaban seis años de vida, según los decretos de la divina Providencia, que ellos conocían, como si la misma Providencia se los hubiera comunicado particularmente. El vulgo crédulo, impresionable y supersticioso, dominado por los ocultos enemigos del recién proclamado Rey, dio fácilmente crédito á aquellas estupendas patrañas; y no sólo mostró su tibieza en las relatadas fiestas y en las más suntuosas y brillantes que después se- dispusieron y celebraron para recibir á los Reyes, sino que tardó largo tiempo en rendir su voluntad y en reconocer la bondad del Monarca, que constantemente procuraba captarse las simpatías de todos, introduciendo mejoras útilísimas y repartiendo sin cesar mercedes y beneficios. Larga tarea sena relatar cuanto hizo de bueno Carlos III, ya en general por España, ya en particular por Madrid, que ensanchó y embelleció notablemente. Piadoso al par que fuerte dice D. Cándido M. de Nocedal en su Compendio de la Historia de España, -la expulsión de los jesuítas y las restricciones dictadas contra el tribunal de la Inquisición para que no se extralimitase de su jurisdicción, acusan su profunda política y el interés que se tomaba por el bienestar de sus pueblos. Las nuevas poblaciones de Sierra Morena, la refundición á su costa de la moneda desgastada, el gran impulso dado á la marina, que alcanzó en su tiempo el período más floreciente que ha tenido; la fuudación del Colegio de Artillería de Segovia, la creación de las Sociedades Económicas, la construcción del canal de Aragón, la erección del Banco de San Carlos, la de la Compañía de Filipinas, el Tratado con la Puerta para el comercio de Levante; todo fué obra de su gobierno paternal, reparador y justo- J) Hasta que la muerte arrebató al inmortal Carlos I I I no se ocupó este gran Monarca más que del bien de sus pueblos, objeto preferente de sus desvelos. Auxiliado del ilustrado Conde de Campomanes, dio cima al arreglo de la embrollada legislación; realizó mejoras de todas clases, instituyó la Orden que lleva su nombre, promovió los estudios científicos, y prestó vida nueva á la decaída literatura, y los Ayalas, Huertas y Moratines, los Meléndez, González y Cadalsos, los Iriartes, Samaniegos y Llagunos hallaron en él gual protección que los Barceló, Campomanes, Jovellanos y Floridablanca. Como monarca, fué el tipo de esos reyes que, por desgracia, aparecen tan raramente para bien y ventura de los pueblos: como particular, fué el dechado del hidalgo castellano, el vivo ejemplo del verdadero caballero español. Así con justicia lamentó Moratín su sentida muerte en la oda de que, para terminar, copiamos las estrofas siguientes: Hoyó con raudo vuelo De Carlos el espirita diolioso, A donde se ciñó mejor corona. líumen es tutelar que desde el cíelo Asiste poderoso Ala nación. Ni pudo con su vida Su favor acabar: no le abandona, Vive á la tierra, y de su imperio justo La gloria repetida Yerá reinando el heredero augusto. Si, que alumno constante Del arte de reinar, oyó á su lado Dictar al mundo las sagradas leyes Que adora y cumple y vio por él triunfante La patria, y humillado El vioio y el error. Que asi se alcanza Honor digno y sublime entre los reyes. No hay gloria sin virtud. El abandono. La impiedad, la venganza, Tal vez conviertan en afrenta el trono. Por desgracia, Moratín no fué profeta, y el heredero augusto resultó un alumno bastante desaprovechado. TELLO T É L L B Z