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abatimiento y cierta angustia, al ver que tras la penosa jornada se presentaba una noche de prueba, caladas las ropas, entumecidos los miembros, famélicas las visceras, y sin esperanza de pan, de albergue y de reposo. Fué buena, pero buena, la noche. El agua continuó cayendo torrenoialmente. Bajo zarzos, de mala manera y sin auxilio de marrulleras previsiones, cada cual esperó el día como mejor pudo. Y lyive Dios, que amaneció con más brillo y despejo que cualquier día primaveral! Rompimos la marcha, saltando por ramblas y barrancas que traían sus senos embravecidos por la corriente; todo el mundo iba cuajado de salpicones de agua y barro: la actitud de la tropa era de verdadero desaliento. ííi una voz, ni un canto, nada que acusara la marcha de centenares de hombres jóvenes. Sólo el traqueteo de las fornituras, el ras ras de las pisadas, el chocar de los fusiles, algún enérgi co y brusco: á ver, ese gandul que se retrasa! Trepábamos por una cuesta arenisca; los bordes del camino hallábanse adornados por bosques de pinos, cuyas copas, al cimbrearse, enviaban arrullos y armonías. El batallón se deslizaba penosamente ganando la cresta. Aquella masa de hombres no semejaba la hueste de soldados españoles: parecía más bien una legión inglesa, luego de sufrir un desastre. Tal era el fúnebre silencio con que avanzaba Ganóse la meseta. El sol enviaba sus luces por el frente, dando contornos á una mole pardusca que se levantaba á la izquierda, Gtibraltar; realzando los tronos del rizado Estrecho; esmaltando la silueta (Je Ceuta, de Anghera, de Sierra Bullones El moro, el moro! -se oyó en todas las filas. ¡El moro, el moro! -repercutió por entre los pinares yjlas playas. Y aquella tropa alicaída, derrotada en el ánimo, mortecina en sus manifestaciones, como si hubiera stórido la acción de potentísima corriente eléctrica, se sintió animada, briosa, alegre, remozada y fuerte. Los soldados saludaban con gozo las peladas rocas de allende; los oficiales las contemplaban con melancolía; los jefes se ensimismaban ante recuerdos de un pasado glorioso. Aquel batallón, antes desmayado y silencioso, volvió á ofrecerla viril animación de las tropas españolas. E l pobre soldado, bisoñe ó veterano la ciase, el guaja cuantos formaban bajo la bandera del cuerpo, sintieron correr por sus venas algo inexplicable, imperioso, sublime; algo que les transformaba y enardecía, despertando ilusiones y grandezas que son prenda de un porvenir menos acabado y triste que el que ofrece hoy á los buenos patriotas la turbamulta de estadistas al uso. E n las frases de aquellos yudos soldados iba envuelta la aspiración de la laza, el ideal que amasaron genej ación es fuertes y honradas, y que habremos de realizar, pese á las cortapisas, á los distingos, apocamientos y bastaidías de los de dentro y fuera de casa, J o s i IBAÑEZ MABÍN.