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56i BLANCO Y NEGRO -Un commis- voyagear del fugionismo. El periodista. -Quedan varios puntos Y distinto asuntos, Y ya que usted me otorga su favor- -AGOSTO da un rugido de furor. -No quiero molestarle y me retiro: -AGOSTO ensancha eí pecho y da un suspiro. Y después de los vanos cumplimientos Propios de esos momentos, Me dirigí á la puerta, Que al entrar con trabajo me hice abrir, Pero que hallé de par en par abierta Apenas indiqué que iba á salir. Y esta ha sido, lectores, la interviú Sin quitar ni poner jota ni qu. RECTIFICACIÓN Ayer- -según ya es cosa de cajón Cuando se conferencia con cualquiera- -Recibimos Ja rectificación. Que es justo publicar de igual manera Y por seguir la broma. Sin quitar ni poner punto ni coma. La interview... que va usted á publicar Es un tejido atroz de falsedades Que no puedo pasar Sin las correspondientes salvedades. Conmigo no habló nunca un periodista; Yo á usted no le conozco ni de vista; Al decir lo que pienso, yerra en todo, Pues yo no pienso así ni de otro modo. Ni usted ha referido Las cosas que en el mes han sucedido. M llama usté al pan, pan, ni vino al mosto Ni usted es periodista, ni yo AGOSTO. F E L I P E P B E E Z Y GONZÁLEZ. ¡EL MORO, EL MORO! El Imperio de Marruecos atravesaba una de esas crisis que de continuo aquejan á los poderes caducos y caquéxicos. Nuestro Gobierno, sabedor de la enfermedad que ponía en peligro de muerte al sultán Muley- Hassam, había ordenado, como medida de previsión, que saliese una brigada á reforzar las guarniciones del Estrecho gibraltarino. Mi batallón, allá por el otoño de 1887, desembarcó en el hermoso puerto de San Fernando. Reinaba un tiempo apacible; los campos ofrecían la poética melancolía de la frondosidad que se marchita, que cede, que cae ante la ley periódica é inexorable de las estaciones. Entre las albas pirámides que se elevaban en las salinas, descollaban los árboles frondosos, se extendían las vides, daban sus últimos y ubérrimos frutos los recios é incitantes melonares. Todavía el sol dejaba caer sus rayos plomizos; todavía aquella tierra pregonaba su vecindad con el África. Por esas faltas tan frecuentes y censurables en la constitución mihtar de España, mi batallón, en vez de pernoctar en Chiclana, hizo la jornada, harto penosa y larga, tratándose de tropas bisoñas, de San Fernando á Vejer de la Frontera. Ocho horas de caminar molesto; ocho horas de agobio, de sed, de mortificación y de amargura, al término de las cuales se presentaba como descanso la gran pendiente que da acceso al pueblo, colocado como vértice esbelto y pintoresco de un cono festoneado y bello. Cuando los ecos de la diana despertaron á la tropa, apenas despuntó el siguiente día, el batallón se puso en movimiento. Marchaba el soldado contento y campechanote, aun cuando en las filas no se observaba aquel bullicio alegre y picaresco de las jornadas ordinarias. Apareció el sol por la izquierda: sus rayos trajeron, con la sinfonía del campo j de los pájaros, alguna mayor algazara á la columna. Caminábamos por la carretera, y un práctico, para evitar molestias á la tropa, indicó al coronel que podía tomarse una trocha por la cual se abreviaba una legua de jornada. ta indicación fué aceptada: ningún obstáculo ofrecía el sendero; la impedimenta era nula; el suelo no tenia relieves ni accidentes de monta, y por otra parte, el sol campeaba en la altura como en los días más espléndidos de Septiembre. Según todas las trazas, ni el gula ni el jefe tenían barruntos atmosféricos, ni conocían esa quisicosa de la predicción del tiempo, con la cual engañan á las gentes los charlatanes con vistas á la meteorología y demás hermosuras científicas explotadas por los sabios de gacetilla. Ello fué que, cuando andábamos por la mitad del atajo, se abrieron las cataratas del cielo, y con un calor asfixiante, llenos de barro, aspeados, tristes y protestantes pudimos, ya entrada la tarde, dar con nuestros huesos en Facinas, alcaldía pedánea de Tarifa, villorrio compuesto por chozos y barracas de pobrísimo aspecto. El soldado habla apagado sus fuegos n ya no jaleaba ya la clásica chanzoneta, el agudo cantar, la insinuante diatriba, cedían el paso al cansancio, al decaimiento á la murmuración, mal contenida por la disciplina. El carrero renegaba porque no podía sacar su vehículo del atasco, pese á la ayuda del cometa Paco Truenos. E l rufianesco Juan Madruga lanzaba chiribitas en el camino, poniendo una cara como un verdugo. El valentón Perico, de la cuarta, ya no alardeaba de pujanza y resistencia, antes al contrario, sentado sobre el ribazo, balbuceaba el nombre de su mareoita y el de la patrona de su pueblo. Y todos, soldados, guajas oficiales y jefes, mostraban en su actitud cierto