Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
662 BLANCO Y NEGRO yfavoresió nombrándole primar secretario de la embajada en Boma y más tarde Ministro de Francia en la Kepública de Valais; el fasüamiento del Duque de Enghien, una de las mancbas que han empafiado las glorias del Imperio, los apartaron para siempre. En medio del silencio de terror que siguió á aquel hecho, se alzó potente la voz de Chateaubriand condenándolo en terrible protesta. De alli nació una implacable enemistad que el poeta ilustre extremó mucho más que el insigne guerrero, pues todavía éste hizo algunas infructuosas tentativas de reconciliación. Al fracasar éstas, Chateaubriand sufrió gran número de persecuciones y de molestias. Fué suprimido el Mercurio, periódico de su propiedad; la publicación de sus obras fué prohibida ó impedida con distintos pretextos; llegó la cólera imperial hasta la amenaza de hacerle acuchillar en el patio d- 3 las Tullerias y por último, fué desterrado. Chateaubriand no: dejó de vengarse como pudo, y en 1814 escribió su folleto Bonaparte y los Barbones, libelo virulento en que el odio no se detuvo ante la calumnia. Aquel libelo le sirvió, sin embargo, para entrar en la carrera política, de que no hemos de ocuparnos, porque ni hizo gran honor á su privilegiado talento, ni en ella fué modelo de consecuencia. Por lo que se refiere á este afán que los poetas y los artistas tienen p, or desprestigiarse en el terreno político, remitimos al lector, por no repetirlas, á las palabras de Mirecourt, que tradujimos en el núm. 43 de BLANCO y NEGRO al ocuparnos de Lamartine. En cuanto á las inconsecuencias políticas del insigne antor. de Los consejos sobre las revoluciones, acaso hallaremos la explicación, ya que no la justificación, en estas palabras suyas: aYo soy borbónico por deber y por honor, monárquico por razón y por convicción, republicano por gusto y por carácter. España debió á Chateaubriand, Ministro de Negocios Extranjeros (Estado) la intervención francesa de 1823, la invasión de los cien mil hijos de San Luis, que vino á poner término al período liberal comenzado en 1820 y á iniciar una nueva época de furiosa reaccióh j de repugnante absolutismo. Pero Chateaubriand, que discurrió y llevó á cabo aquella empresa por amparar y sostener intereses borbónicos, pronto recibió de Luis X V Í I I el pago que da siempre el diablo á quien bien le sirve, y según él mismo refiere, á los siete meses de la rendición de Cádiz y de la libertad de Fernando fué echado de repente como un criado que hubiera robado un reloj del Meg de encima de la chimenea. Chateaubriand dejó escrita una curiosísima autobiografía, Memorias de ultratumba, en que aparte algunos rasgos de inmodesti? disculpables en quien tuvo el cetro de la literatura durante cincuenta años, son admirables la belleza y brillantez del estilo, la sinceridad de las declaraciones y la muUitu 1 de datos y de noticias iutereíantísimas para la historia de la primera mitad del siglo x i x Yo he tratado- -dice ea esa obra- -á casi todos los hombres que en mis tiempos han hecho papel grande ó pequeño en el extranjero y en mi patria, desie Washington hasta Napoleón; desde Luis X V I I I hasta Alejandro; desde Pío V I I hasta Gregorio X I I I desde Fox, Burke, Pitt, S aeridan, Londanderry y Capo de latrías, hasta Malesherbes y Mirabeau; desde Nelson, Bolívar, Mehemet pacha de Egipto, hasta Siiffren, Bougainville, Laperousse, Moreau, etc. He formado parte de un triunvirato sin ejemplo en la historia. Tres poetas de opuestos intereses y distintas naciones fuimos casi á un tiempo ministros de Estado: y o en Francia; Caning, en Inglaterra; Martínez de la Rosa, e i España. He atravesido sucesivamente los años vacíos de mi juventud, los repletos de la era republicana; los fastos de Bonaparte y el reinado de la legitimidad. He explorado los mares del antiguo mundo y del nuevo, y be pisado el suelo de las cuatro partes de la tierra. Después de haber acampado bajo la cabana del Iroqués y bajo la tienda del Árabe en los restos venerandos de Atenas, de Jerusalén, de Menfis, de Car- tago, de Granada, en casa del Griego, del Turco y del Moro, entre las selvas y las ruinas; después de haberme puesto la casaca de piel de oso del salvaje y el caftán de seda del mameluco; después de haber sufrido la pobreza, el hambre, la sed y el destierro me he sentado, con ricos trajes bordados con oro, y con mulcitui de insignias, cintas y condecoraciones, á la mesa de los reyes, en las fiestas de los principes y de las princesas, para recaer en la indigencia y entrar otra vez en la prisión. í- ljíllé estado en relación con una multitud de personajes célebres de la Iglesia, de la política, de la magistratura, de las armas, de las ciencias, de las artes. H e llevado el mosquete del soldado, el bastón del viajero, el báculo del peregrino: navegante, mis destinos han tenido la inconstancia de mi barco; alción, he hecho mi nido sobre las olas. i H e intervenido en la p z como en la guerra; he firmado tratados y protocolos y he publicado al mismo tiempo numerosas obras. H e sido iniciado en los secretos de los partidos, de la Corte, del Estado; he visto de cerca las más extrañas desgracias, las más elevadas fortunas, las más grandes celebridades. He asistido á sitios de guerra, á congresos, á cónclaves, á la reedificación y á la demolición de los tronos. He hecho la historia y podía escribirla. Y mi vida solitaria, soñadora poética, caminaba á través de este mundo de realidades, de catilstrofes, do tumulto, de ruido, con los hijos de mis ensueños. Chactas, Rene, Eudoro, Ahen- Hamet, con las hijas de mis quimeras. Átala, Amelia, Blanca, Veleda, Cymodocea. Dentro y al lado de mi siglo, acaso ejercía sobre él, sin quererlo y sin buscarlo, una triple influencia religiosa, política y literaria. í Guando la vejez le rindió, Chateaubriand retiróse á vivir, como él deeía en una carta á Mr. de Loménie, fuera del mundo, entre lj 5 s dos penates de la Francia, el honor y la libertad Sin más hijos que sus obras, sin ninguna de esas dulces afecciones que hacen, cuando no alegre, llevadera la vejez, volvióse triste y taciturno y cayó en profunda é incurable melancolía que sólo concluyó, á la Tez que BU vida, el día 4 de Julio de 1848. XELLO TÍLLEZ. L